23/10/15

A veces, en la cena, te quedas mirando el plato con un codo apoyado en la mesa y la mano abierta sujetándote la cabeza. Con el tenedor pasas revista a la comida. Pero sé que no buscas una hebra de cebolla que retirar al borde ni una brizna de patata que se hubiese quemado. No soportas las sorpresas cuando comes. Eso me hace pensar en alimentos que ahora no te puedo ofrecer porque bordearía leyes de la ingeniería transgénica que no contemplan a día de hoy carne de vaca que al contacto con la sartén se vuelva rosa y sin nervios, o lechugas que al masticar sirvan para hacer globos. Si la vida ofreciese las posibilidades de tus series de dibujos animados, no me importaría ser el científico de pelo revuelto que altera el mundo para verte feliz. Y de serlo, a pesar de que contara con un laboratorio gigante camuflado en una isla perdida, seguiría sin saber en qué piensas a veces en las cenas, cuando no dices nada y tu tenedor se convierte en la caña de pescar que usaban en la antigüedad los dioses de la tristeza.