23/10/15

En invierno me gustaba acercar la mano al cristal cuando nos parábamos ante el escaparate de la tienda de los pollitos que había cerca de Olavide. Mi abuelo pensaba que era porque quería uno. ¿Quieres que te compre uno? Y yo le decía que no con la cabeza pero seguía con los dedos abiertos y pegados al cristal. Había cientos. Amarillos y asustados. Un micromundo como el nuestro pero bajo un sol artificial de doscientos vatios de luz densa y anaranjada. Además de sentir el calor, me gustaba mirarlos. Me preguntaba qué tipo de cultura era esa que llenaba un escaparate de pollos recién nacidos bajo una lámpara. ¿Qué sentido tendría? Un día, mi hermana apareció en casa con uno. Lo traía en el cuenco de sus manos. Con los pulgares libres lo acariciaba despacio. Yo me sentí incapaz de tocarlo. Incluso evitaba cruzarme con él cuando corría por el pasillo en busca de la lámpara de calor cuyo rastro había perdido. A la semana se cayó por la terraza. Después de algunas lágrimas y de varios comentarios proféticos de mi padre acerca de la imposibilidad de una convivencia prolongada entre ambas especies, el asunto pasó al olvido. De esa experiencia guardo una idea simbólica seguramente equivocada: la vida y la muerte están separadas por un cristal que en ciertos días de invierno que ya no existen desearíamos tocar.