15/9/15

Por las noches hacía tortilla. Se sentaba en un taburete y pelaba dos patatas con un cuchillo corto de mango nacarado. En silencio y en calzoncillos si era verano. En silencio y con el albornoz anudado cuando no. Por el patio subía el olor de otras cenas, los gritos, las broncas, las amenazas y luego sus réplicas, con una extraña acústica que iba empequeñeciéndose y con ella a su dueña, generalmente, que después sollozaba hasta hartarse. Todo lo que la naturaleza negaba a la comprensión aparecía con la caída del sol.
Cuando la tortilla estaba cuajada la ponía en un plato y se iba al salón. Encendía la tele y veía lo que fuera. Luego se duchaba, se peinaba, se echaba demasiada colonia y elegía despacio la ropa de salir. Tenía un coche muy feo, el tanque de un payaso al que sólo le llamaban ya para funciones de pueblo. Con él trabajaba y con él recorría la ciudad de noche en busca de amor. Su local favorito era uno en la zona norte, El caballo de cristal, una cueva con espejos y velas en la que el sudor se mezclaba tan bien con el olor a desinfectante que a veces parecía que los dos bailasen juntos en la pista vacía cuando nadie les miraba. Acercaba el taburete a la barra como si la fuese a conducir y buscase el pedal que ponía en marcha todo. Con un cigarro entre los dedos trazaba un mapa de puntos luminosos, puntos con faldas de terciopelo o con vestidos cortos de lana. Daba igual. Un hombre solo fumando tabaco negro en 1974, ¿quién querría escuchar su historia? Cuando volvía iba directo a la cocina, abría la nevera y se comía las sobras de la tortilla, de pie, sin atreverse a saludar a la oscuridad del patio que a esas horas jugaba a ser la garganta de un loco.
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(Fragmento de La ciudad de los chistes malos. Luis Acebes)