15/9/15

Con buen tino, la monja sevillana le hincó los pulgares en la carne para hacerle un hueco al gusano de las palabras. El bicho entró cantando. Un cuerpo de fiesta dentro del niño asustado. Por las tardes les leía cartas del obispo que sólo escuchaba él con los ojos en otro sitio, cambiando el discurso prelado por el que le dictaba el gusano. En los pasillos había tiestos. Comitivas de geranios. Pero lo mejor era el olor a sopa de ave que venía de arriba, más allá del artesonado y los mapas de humedades que pintaba la lluvia. Sor Margarita celebraba corros de niños con petos. Cada uno una letra. Él quería consonantes. La efe del libro de Air France que hojeaba en casa. La ce del rótulo vertical de la clínica. El gusano fue hurgando. Cada centímetro colonizaba un país y luego lo condenaba a una tristeza de mucho sol. El bicho se pasó su edad cantando. Le decía cosas. La monja sevillana acariciaba el pelo brillante del niño en los recreos. Te gustan las palabras, le decía. Los otros, mientras, hablaban a patadas en el columpio oxidado de la bola del mundo. Cuando respondía bien, Margarita le daba una naranja que sacaba de la nevera tripuda, a la izquierda de su mesa, junto a la bandera dormida de España.