15/9/15

Llevaban el mismo coletero. Su pelo brillaba tanto que al llegar al borde de la frente hacía que la vista cambiase de país y entrase de golpe en uno en el que siempre es de noche. Los brazos de la madre alrededor de su espalda compensaban las sacudidas del tren. Todo irá bien, mija, ya verás, oí que le decía. Luego empezó a tararear una canción. La niña cerró los ojos. Yo también debí hacerlo. Repítelo en voz alta para todos, me quedé con ganas de pedirle, antes de que llegue nuestra estación.