15/9/15

Me bajé en Alonso Martínez porque de vez en cuando necesito pasear por esa parte de Madrid que parece París en miniatura. Faltaban cuarenta minutos para la reunión y sesenta páginas para acabar el libro de Schlink, así que me senté en el primer banco que vi a la sombra. Las copas de los árboles se columpiaban despacio. Se paró un Mercedes oscuro y puso los intermitentes. Una criada de uniforme esperaba en el portal. Se bajó una mujer y le hizo una seña con el dedo apuntando al maletero. No hubo más. La mujer desapareció dentro. Diez segundos después le siguió la criada filipina con dos maletas. Cuando volví la vista al libro descubrí que me había sentado frente a una editorial. La puerta del balcón estaba abierta. Al fondo se distinguían siluetas de mujeres que pasaban. Una esperaba frente a la fotocopiadora. También vi un hombro furtivo de piel muy blanca atravesado por una hombrera. Me pregunté que harían. Me dio rabia no estar allí, leyendo un manuscrito o redactando una contraportada. O simplemente opinando sobre la insoportable vanidad de todos los autores y riéndome de los motes que le pondrían a cada uno. Envidié el trabajo de panadería que hay detrás de cualquier producto cultural. Allí sentadas. Me hubiese gustado hablar con ellas por el balcón, aún a riesgo de parecer uno de esos cuadros andaluces en los que un hombre ronda a una mujer con abanico. Pero lo mío no era romántico. Como mucho un intento de seducción intelectual, un pavoneo ridículo en el que mostrar encanto y acabar diciendo que eres poeta, uno menor, que tienes obra, pero desconocida, aunque muchas esperanzas, grandes esperanzas. Y todo a través de la hoja abierta de un balcón, pero como en una película francesa que no se ha estrenado todavía.
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Una semana después acabé sentado en el mismo banco por culpa de otra reunión a la misma hora. Volvía a tener cuarenta minutos para mi pequeño París. El balcón de la editorial estaba cerrado. Encendí un cigarro e intenté imaginar que se abría y que una de las mujeres se asomaba y me decía: Eres el que escribió eso en Facebook. Lo leímos el otro día. Nos hizo gracia. Pasa y tómate un café con nosotras. Pero las hojas del balcón no se movieron. Tampoco estaba la criada filipina de la otra vez. Llegó un hombre mayor y se sentó al otro extremo del banco. Hice fuerzas para que me dijera algo. Quería que me explicara por qué el tiempo se comporta así y nos trae y nos lleva y nos deja y nos sube a norias y luego se olvida de pararlas o lo hace a desgana con la punta de un dedo y luego confunde nuestro nombre con el de otros que se subieron antes y se comporta como si sus historias nos tuviesen que pertenecer. El anciano atusaba a su perro color chocolate. El animal parecía mirar también hacia el balcón. Quizá esperaba algo. Que levante la mano el que no espera nada, tendría que haber dicho con su voz de perro. Antes de caer en la trampa de un segundo cigarro me levanté y caminé hacia Rubén Darío pensando que ya nunca más volvería a sentarme allí.