18/8/15

El padre de Obi-Wan ha muerto. La llamábamos así por el disfraz que trajo hace mucho a una fiesta de cumpleaños de Alba. No es muy común que una niña de siete años elija emular al mentor y guía espiritual de Luke Skywalker a una edad en la que el resto llevan diademas y varitas mágicas. La única vez que vi a su padre fue en el pasillo de casa, mientras sujetaba bajo el brazo la espada láser de su hija y le ayudaba a ponerse el abrigo. Sólo fue una mirada. Levantó en el aire la mano derecha con la palma extendida y me dijo gracias. Después desapareció. Cuando Nuria me dio ayer la noticia estábamos en la piscina. También estaba Alba, leyendo a la sombra. Le pregunté a mi mujer cómo había sido. Contó que en la playa, un infarto cerebral, algo súbito. Tenía cincuenta años, una edad en la que se supone que aún no has entrado en la sala de espera de ese edificio desconocido y ni siquiera tienes intención de saber dónde está, aunque a diario dediques mentalmente unos minutos al simulacro de cómo y cuál de tus personalidades se pondrá delante ese día para agarrar la bandera. Alba no despegó la vista del libro en todo ese tiempo, pero sé que escuchaba y seguía el hilo sin querer mancharse. Quizá al conocer la edad tan temprana se asustó pensando que también a mí me podría suceder. O quizá fue en respuesta a mi comentario de que es algo que le puede pasar a cualquiera en cualquier momento, y dicho con la tranquilidad del que sabe que después del verano llega el otoño y que por más vueltas que le des no cambiará nada. Pero esa naturalidad tan estudiada trabajó en mi contra haciendo que yo pasase por un insensible, por un gañán emocional incapaz de mantener una conversación apropiada con unas damas, por alguien que desconoce que hay ciertos temas que una mujer prefiere no tratar cuando toma el sol en bikini. Puede que tenga razón. Puede que la mejor opción sea actuar como si la vida fuese un capítulo muy largo de una serie de Disney Channel en la que todo el mundo sonríe y toma zumo de naranja en bares de cartón junto a una playa de California en la que nadie tiene el mal gusto de tener cincuenta años, y mucho menos caer desplomado sin que figure en el guión.

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Pensaba anoche en lo del padre de Obi-Wan y, en general, en cómo cambian las cosas al ser contadas. Cuando uno empieza a escribir (me refiero a con cierta insistencia) se preocupa más de aspectos formales. Al principio la escritura son las palabras y el efecto que transmiten. Alguien descubre un juguete nuevo y siente la necesidad de exhibirlo. El juguete de la escritura comienza siendo un asunto estético, vanidoso. La forma prevalece y oculta al pensamiento, que casi pasa inadvertido o adquiere la presencia del personaje secundario que aparece a mitad de película por una puerta y al minuto siguiente vuelve a desaparecer. Pasado el tiempo, la forma se convierte en un coche de alquiler en el que te montas para hacer un viaje. Las ruedas, los cromados y la ingeniería de las válvulas pierden importancia en favor de una ruta que te llevará, en el mejor de los casos, a descubrir algo. Con la cabeza en la almohada pensaba en todo esto anoche, y también en las cabezas de los que lo leyeron, en cómo descansarían a esa hora sobre otras almohadas y en qué medida, si lo hizo, afectó a su idea de cuando termine todo. Ya había olvidado las palabras. Sólo me quedaban algunas imágenes que pasaban en bucle como si me quisiesen decir algo y supiesen que debían insistir porque conocían mi torpeza: su cuerpo desplomándose en una playa, la vez que le vi en el pasillo cuando levantó su mano para darme las gracias, su pelo rizado y unas cejas muy anchas que sobresalían como la maleza de los bordes de un jardín por encima de la montura de las gafas. Intentaba ir más allá. Intentaba llegar a la necesidad que me llevó a escribirlo. Si conseguía ver su cara sabría algo. Después cerré los ojos y ya no pude ser consciente de más. Es el momento en que la verdadera realidad me tira del caballo y dice: ahora mando yo. Lástima que de todo eso no se pueda escribir. Que uno no pueda asomarse tan siquiera por una rendija para ver qué se siente cuando apareces de entre las piernas de una mujer y el oxígeno te quema los pulmones y lloras o, su contrario, cuando caes desplomado en una playa y sientes que se apaga el sol como las bombillas de bajo voltaje que dicen que había en la posguerra, que tampoco vi ni viví pero que alguien me contó. Supongo que las enciende y apaga el mismo que me tira cada noche del caballo.