18/8/15

A veces pienso en el informático que olía a sopa de sobre, en qué habrá sido de él después de tanto tiempo. Seguirá llevando el pelo engominado y esa cartera de piel en la que guardaba los discos. Seguirá con sus conversaciones que duraban horas y se podían seguir con la dulce apatía de un matinal de radio escuchado en una mecedora. A veces lo más trascendente de una persona es su olor, quizá cuando todo lo demás no lo es y su recuerdo es inexistente o tan superficial como un escaparate visto al pasar, pero del que muchos años después te viene a la cabeza la oveja grotesca de fieltro que utilizaban de reclamo. Me ha pasado de asomarme a un patio y creer que el informático que olía a sopa andaba cerca. O doblando una esquina en la que había una casa de comidas y de pronto me llegaba una ráfaga suya. Estos pensamientos no son ni buenos ni malos. Los cubre la misma niebla que a las ilustraciones de los catecismos que leía de niño: el cielo de los salmos y la coraza de cobre de un arcángel postrado en el suelo junto a una montaña de cuerpos sin vida. El soldado alzaba la mano queriendo tocar una columna de luz que atravesaba las nubes. Puede que sea el mismo gesto que hace por dentro nuestra memoria constantemente: querer agarrarse a algo que nos sustente para alcanzar así un puesto en el escalafón de órganos similar al que tienen el estómago o ciertos huesos fundacionales; ayudar a que no todo sea incierto y oscuro y tan efímero y escurridizo como la sensación de que un olor nos lleve de vuelta en el tiempo en un viaje del que regresaremos sin nada.