21/8/15

A veces el lenguaje crea problemas que no existen, como el de atribuirle género a una ciudad. Madrid, por ejemplo. El primer impulso anima a pensar que es una mujer porque ciudad es femenino y parece razonable la concordancia. Una vez pactado mentalmente comienzan las dudas. Ninguna mujer es tan dejada ni consentiría un urbanismo tan disparatado y caótico en su cuerpo. Tampoco es una ciudad delicada ni recoleta como Venecia, o su homóloga Amsterdam, que parece dormir con un espejo de mano en la mesilla para observar cómo le suben las bicicletas por la espalda al despertarse. Entonces giras y decides que sea un hombre. Si la musculatura actual de una ciudad se midiera por sus rascacielos, Madrid sería un tipo que hace siglos que no pisa un gimnasio y prefiere desparramar su tripa en una terraza de Lavapiés tirando cabezas de gamba al suelo. Lo peor es cuando llega agosto y se vacía y descubres que no tiene género, que su único sexo es tu nostalgia de coleccionista de fotos malas que vas pasando por aburrimiento. La ciudad detrás y tú creciendo, cambiando cada día en primer término, con el flequillo más largo o más corto, por Rosales, en Atocha, cuando fuiste con tu primera medio novia al Retiro, en una barca con aquel rey a caballo que os vigilaba, los castaños, los plataneros, los alcaldes que fumaban puros, las acacias, los mirlos tiznados de blanco o las palomas bobas que nunca se cansan de comer pan. Y los puentes que ya no existen y los faraónicos edificios franquistas de un gris de saldo, inapropiado a la gama de azules que manejaba Velázquez. Y los barrios obreros antirrenacentistas y el neoclásico pasteloso y las plazas castizas que se obstinan en su amor por la mugre del pasado. Cuando Madrid se cansa de enseñarme fotos me deja imaginar que tiene un cuerpo asexuado que deja caer sobre una arteria principal, como diría un policía cursi. Los pies apoyados en el puente de Joaquín Costa y la cabeza buscando un punto mullido en el Botánico para no moverse hasta que llegue septiembre.