18/8/15

Conocí a alguien hace unas semanas. Ayer estuve en su productora cuando empezaba a caer el sol. Abrió la puerta con una colilla de puro en la boca y en vez de hola le salió un gruñido amable que acompañó con un palmeo de espalda cuando entraba. Iba en pantalón corto y daba la sensación de que le acababa de atropellar un camión que tardó muchos años en pasarle por encima, y que mientras lo hacía, a medida que avanzaba a una velocidad de un centímetro al mes, le había enseñado casi todo sobre la vida. Ciertos perros y ciertas personas conocen ese tipo de información al instante. El perro del puro debía tener diez o quince años más que yo. Pasamos a su despacho y sacó una botella de pisco y dos vasos. Nunca había probado esa especialidad peruana que sabe a aguardiente mezclado con una Perrier a la que le hubiesen reducido la aguja. Demasiado empalagoso. No tengo hielo, dijo. Le contesté que daba igual, que peores cosas había bebido. Al reírse le sonaba el pecho como si en vez de pulmones tuviese un acordeón apolillado dentro. En una estantería tenía tres premios Goya. Me levanté para verlos de cerca. Pasé la mano por la cabeza del que estaba más a la izquierda. Fue agradable tocar la melena metálica de un pintor muerto. Después cogí la estatuilla con las dos manos para ver lo que pesaba y cómo sería sostenerla ante un micrófono y cientos de personas esperando una revelación. Fue cayendo el pisco mientras hablábamos de películas: El sur, Cría cuervos, La caza. Salió Querejeta y Javier Marías. Le pregunté cómo era éste en persona y soltó otro de sus gruñidos. A veces no hace falta más. También hablamos del cine de Malick y de otros que ya no recuerdo. Se hizo de noche y propuso tomar una cerveza en una terraza. Chamberí a esas horas era un refugio para solitarios que se ensimisman con detalles arquitectónicos irrelevantes y farolas que conocen la genealogía de todos los insectos del mundo. Dos perros caminando por una ciudad inventada. Dos cervezas después paré un taxi. Al despedirnos dudamos si sería demasiado pronto para un abrazo o demasiado tarde para darse la mano. Nos salió un híbrido desacompasado que nos hizo reír. La torpeza une mucho. Lo pasé muy bien, José Luis.