18/8/15

Un tren es un mundo comprimido a lo largo. El mío va a Marsella, aunque yo me baje en Gerona y las dos mujeres chinas que hablan francés en los asientos de atrás sigan su camino. Si me defendiera mejor en este idioma les diría que cualquier tren acaba donde nos bajamos, y que esta teoría es aplicable a la vida, por muy idealista que uno sea. A mi lado se besa una pareja joven. En los descansos hablan de los juegos que han traído. Ella le escucha mientras le acaricia el antebrazo muy despacio y trata de hacerle entender que las mujeres vienen al mundo con Ovidio ya leído. Debería estar prohibido envejecer, al menos en los viajes. Que los pensamientos fuesen tan despreocupados como los suyos. Esa sensación de que todo estará ahí siempre y que lo acompañará la misma consistencia de hoy. Después se deben cerrar los ojos para imaginarlo, porque el paisaje que hay entre Guadalajara y Zaragoza no se quedará tranquilo hasta que consiga negarlo.