18/8/15

El niño de cera se metía en un coche blanco que de frente mostraba una expresión bonachona de las que ya no se ven, con esos ojos redondos tan saltones y la boca amable y cromada en cuyo centro ponía Seat como podía haber puesto algo en latín o que el viaje sea largo y no termine nunca. Por el camino tensaba la mirada a ambos lados de los girasoles en un recuento que le llevaba horas y que le ponía en la piel de un general desconocido que arengaba mentalmente a las tropas formadas hasta el horizonte. Qué cosas le diría el niño de cera. Qué discurso tambaleante y cargado de retórica vegetal mezclaría con su sangre para competir con las proclamaciones de guerra más hermosas. También recuerda que una vez su padre no vio una piedra en medio de la carretera y al pasarla por encima partió el eje de la dirección haciendo que el vehículo bambolease produciendo eses que fueron compensadas con fortuna por los movimientos contrarios de volante hasta que el coche se detuvo y alguien dijo que habían vuelto a nacer todos. Fue la frase más repetida, la letanía con la que se acompañó la llegada de una pareja benemérita y después la de un hombre de espeso bigote y vestido con mono negro que les remolcó hasta un pueblo de Cuenca que parecía inventado. El mar quedaba lejos todavía y parecía reírse de su adversidad. Tomad vacaciones, tomad desarrollismo, murmuraba tumbado, mientras el niño de cera procuraba aislarse de la contrariedad y de la noticia del nuevo e inesperado alumbramiento múltiple de la familia para concentrarse en lo que le decían las cosas que un aficionado torpe a la magia había dejado por allí. Todo esto sucedió de verdad, aunque él prefiera pensar que pertenece a la vida inventada, a ésa que no se presta a interrogatorios ni a juramentos por una cuestión de dignidad.