20/4/15

Alba ha empezado a leer. Desde hace un año reviso mi biblioteca buscando algo que pudiera interesarle. Probé con Sallinger (sin éxito), después con Stevenson (tampoco, aunque esta tentativa fue más por el peso institucional del autor que por mi gusto), incluso cometí la imprudencia de retarla a que leyera las cuatro primeras páginas de Ana Karenina, cosa que hizo a desgana y sólo por no desairarme o para que la dejara por imposible y ya no volviese a la carga. Lo que yo no he conseguido en todo este tiempo lo ha hecho un libro de hadas, ángeles y presencias luminosas de más de seiscientas páginas que devoró en menos de una semana. Agradezco desde aquí a Laura Gallego, su autora, por haberlo conseguido. ¿Qué leía yo a su edad, a sus trece años de otra época que casi nada tienen que ver con ésta? A nadie le importa, ni a mí incluso. De nada sirve especular ni trazar líneas paralelas, porque las personas no son raíles ni aceptan ninguna simetría. Casi todo es vanidad y orgullo, ganas de que los demás aprecien lo que apreciamos, que sigan nuestros pasos, que nos emulen para que así demos por bueno lo que nos ha traído hasta aquí. Me quedo con la pasión que parece haber inaugurado, con el apaga ya la luz que mañana es martes y luego no hay quién te despierte, con el ya la apago pero es mentira y me quedo hasta la una y media. Nada sería de nosotros sin la desobediencia, sin la insumisión a ciertas reglas que, por muy paternales que parezcan, también deben ser saltadas para construir una personalidad. Agradezco a Laura Gallego que todo esto esté pasando, su labor iniciática, el haber abierto una puerta para que mi hija descubra un mundo. Nada que reprochar. Y a mi vanidad le diré que el año que viene probaremos con Borges, ese sí que fue un escritor fantástico.

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