5/11/14

Hoy es cinco pero hace un rato fue tres. Falta poco para las dos y antes de parpadear estaba en la cama y un poco antes masticaba un trozo de queso que alguien nos trajo de un pueblo a la vez que escuchaba el relato del día que hizo mi hija en la cena. Estamos a miércoles. Lo digo como el que se encuentra en una plataforma en medio del mar. Alba tiene doce años pero justo antes de que volviera la cabeza tenía cuatro y luego uno y si no recuerdo mal hace un momento se abrían a la vez las dos puertas de un quirófano y salía llevándola en brazos. Puertas con ojos de buey, los ojos del tiempo. Aseguro puntos cardinales. Esa es la definición más acertada que puedo dar sobre mi función en la vida. Sitios imaginarios a los que me agarro sin saber que dichas convenciones se mueven caprichosamente hacia otros lados. Abro el buzón, cuando lo hiciera, un día, y toco con mis manos los últimos mensajes tangibles de nuestra civilización. Los envía una empresa que antes se llamaba Imagenio pero que ahora me comunica que se llama de otra forma. ¿Cómo me llamaba yo? Me lo explican todo en un díptico en cuya portada aparece una mujer joven que me sonríe con un mando a distancia en la mano. El mando parece apuntarme a los ojos. La voluntad de esta empresa es cambiarme de canal, que mire otra cosa, que deje de pacer en mis colinas tradicionales estilo New Hampshire, que evolucione. Cambios. La realidad tiene su forma de vivir y yo tengo la mía, que se basa en palpar todo lo que me rodea mientras se convierte en otra cosa.

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