12/11/14

En general es un desastre que la gente se muera. No por sabido deja de tener algo de fantasmal tanto la presencia en este mundo como la desaparición de él y los huecos invisibles que deja ese espacio vacío y que luego son silueteados de mala manera por el recuerdo cada vez más opaco e incontrastable al que les exponemos. Y no hace falta haber tenido relación con ellos para que el hueco cobre forma y diga aquí estoy. Leía esta tarde Otoño en Madrid hacia 1950 e inconscientemente echaba de menos que Juan Benet siguiera con vida. Javier Marías cuenta que fue su amigo y casi mentor y asistió a muchas reuniones en su casa, reuniones que hoy serían inviables o en desuso ya que todos estamos tan digitalmente conectados que no sentimos la necesidad de compartir presencia física, o quizá ya no exista la necesidad de establecer generaciones más que para los teléfonos móviles. Eran reuniones, supongo, con una mezcla de tertulia pop y amistad literaria en tiempos en que la narrativa española estaba dividida entre castizos y anglófilos, realistas garbanceros y amantes de lo que se hacía fuera y comenzaba a entrar con cuentagotas en las librerías. También hablaba Benet en ese libro de su relación con Martín-Santos y los paseos que daban juntos en los cincuenta cuando el médico donostiarra llegó a Madrid y comenzó a imaginar su Tiempo de silencio. Vivía en una pensión de la calle Prim y contaba que su cama tenía una colcha roja de raso que retiraba cuando llegaban otros escritores a verle y acababan tomando coñac barato hasta la madrugada hablando de todos los libros que escribirían. Y ahora los dos están muertos. Martín-Santos lo hizo prematuramente en un accidente de coche. Tenía cuarenta años. Nadie sabe si hubiese seguido escribiendo ni hasta dónde habría llegado. Benet también dejó su silueta vacía y a expensas de los que leyeran después lo suyo. Dos gigantes. Es un desastre que el mecanismo del tiempo no se pare ni se distraiga por una vez con otra cosa para permitir que los que admiramos –como en los sueños- no se vayan nunca demasiado lejos.

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