24/10/14

Tienes razón, Truman Capote, cuando Dios te da un don también te da un látigo, ambos van juntos en el pack, el látigo enrollado y retractilado como esas sandalias baratas que regalan en verano las revistas de moda. Y no hace falta que lo abras, se abre solo y se despliega en el aire y toma fuerza buscando tu espalda. Pero, ¿cuál era el don? Ya no lo recuerdas. Quizá se resuma todo en asumirse en algo, palpar tu circunstancia periférica, física, el escenario en el que se posan tus pensamientos, porque de no hacerlo crees que desaparecerían y tú con ellos. Me refiero por ejemplo a la fuente redonda en la que tu hija echa a navegar sus barcos de corteza de árbol y velas vegetales. Sus aguas están plagadas de palabras, comienzos, embriones sin forma, deposiciones tuyas que ningún empleado municipal de limpieza se atreve a retirar. Un hombre tiene que agarrarse a algo. Mira si no a Cavafis en esa fotografía en la que aparece en la cubierta de un barco agarrándose a la barandilla, no por miedo a caerse sino porque entiende que su circunstancia periférica es importante para que en ella viva lo otro, lo que sólo sucede en su cabeza y detrás de esas gafas redondas que lleva y bajo el sombrero blanco de tela que parece algo ladeado, brisa de estribor, siempre tan poco frontal como la intención del mundo. ¿Dónde se encontraría? La foto no dice si en medio del Atlántico o en el Egeo. Necesitamos un envase, un tupper existencial que conserve al vacío los trozos de lo que somos. Y con él en la mano trazamos un perímetro imaginario. El látigo gira a cámara lenta en el aire, dibujándolo.

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