10/2/14

Alba cumplió ayer doce años. Nada de lo que pueda pensar de ella permanece un instante, porque es expulsado automáticamente por otra información que llega furiosa y sin garantías de quedarse. Así es siempre. Cuando sopló las velas de su tarta desapareció una época entera. No se lo quise decir, pero fue así. En esa oscuridad momentánea, mientras en la boca de todos se extendía la última sílaba cantada de cumpleaños feliz, supe que su infancia cerraba puertas como las cierra el que se va de una casa en la que ha pasado el verano. Se mira por última vez el mar desde la terraza sabiendo que habrá más veces pero que no serán como la que termina. Al cerrarla, cuando la casa se queda vacía, es inevitable que las paredes descarguen parte de la electricidad de los que estuvieron allí. Las paredes de la suya tienen todavía la pintura fresca. O es lo que quiero pensar cuando acerco la mejilla y cierro los ojos para recordar todo lo que pasó allí: la escuché cantar, la cogí en brazos, la consolé, le conté cómo era a su edad o lo inventé para ella, la miré a los ojos, le dije que ya pasaría cuando le dolía un oído o cogiendo su mano en una ambulancia cuando se rompió el codo. Después abro los ojos y me quedo como el que habla solo y nadie se atreve a decírselo. Es tal la fuerza de la vida que nos hace creer que lo inorgánico se comporta como nosotros y hasta se pone de nuestro lado para darnos la razón y decirnos: sí, todavía está aquí y aquí estará siempre. El aire que salió de los pulmones de Alba es el mismo que vendría de ese mar que sabe que nos vamos y que, irremediablemente, secará la pintura de las paredes.