31/12/13

Yo era de los que asentían. Decía sí con la cabeza al que tenía delante contándome una mentira o explicándome cortésmente cuál era la manera exacta en la que había decidido matarme. Unas veces asentía por timidez. Otras por caridad hacia mi interlocutor, para que no sintiera el ridículo de hablarle a una estatua. Hace tiempo que ya no asiento. La figura de piedra ha ganado. Ha dejado de interesarme la piedad y sus dulces variedades de convento. Mi cabeza no es el metrónomo de nadie. Tampoco niego, ¿de qué serviría? Me quedo al margen de los juicios, en un área de servicio para vehículos cansados que prefieren escuchar el jaleo de los pinos cuando llega el viento y los zarandea. Ellos tampoco asienten. La naturaleza es de todo menos cordial.