29/10/13

No le gusta que la luz de la cocina esté apagada. Cuando era pequeño corría al interruptor redondeado de la pared y lo accionaba. Después salía corriendo para que mi madre no me relacionara con el sabotaje. Cuando pasaba por allí volvía a encender la luz sin enfadarse ni buscar culpables. Se conformaba con que el orden natural se restableciese. Su madre murió joven. Una complicación tras una operación de vesícula a principios de los cincuenta. Se quedó con su padre y los dos hermanos. El pequeño tenía una vespa. Un día se cayó y se rompió un brazo. Los tres fumaban tabaco negro. Tres hombres en casa haciendo los ruidos que hacen los hombres al vivir. Ella escondida en una burbuja vegetal que tejió como pudo, con muchos errores y el poco sol de la época. Al morir su madre, en vez de subir al cielo subió a un tubo de luz fluorescente. Mientras estuviese encendido seguiría con ella. Su alma se mezcló con el gas neón y juntos construyeron una nueva idea de la eternidad mucho más razonable que la que salía por los altavoces grises de la Iglesia de los Redentoristas. Ahora, cuando voy a su casa veo que todavía mantiene la costumbre. Si ella no está en la habitación, me apoyo en la pared y me paso un rato encendiendo y apagando. A día de hoy no he encontrado mejor explicación para la vida o para la muerte.