16/4/12

Luz de tarde. El estor hace que el cielo parezca africano al colarse por sus fibras produciendo diminutas chispas de oro sobre un beige arenoso y homogéneo. Mireia aparece en el salón con su Nintendo azul. Después desaparece mientras la escucho por el pasillo preguntándole algo a su madre. Escribo con el portátil de Alba sobre el regazo. Entre mis piernas y él siempre pongo un cojín para que el calor de la batería no me queme. Estas consideraciones se convierten en antropología nada más salir de los dedos. Estupideces para coleccionistas que en el futuro sientan curiosidad por cómo viví.
Vuelvo a mirar al sol tamizado y advierto que va perdiendo fuerza. África mengua. Ahora parece un planeta desprovisto de gracia y con una atmósfera aberrante. Mireia vuelve. Le antecede el sonido grotesco del juego: disparos, campanillas lejanas, glu glús de líquidos que caen, después el llanto sintetizado de un bebé. ¿De quién habrán aprendido las máquinas? ¿Qué nos quieren decir constantemente con su presencia? Mi hija arquea las cejas y no responde a mi advertencia de que no se acerque tanto a la pantalla. Cada uno estamos presos en nuestra propia civilización. Salimos para comer o para constatar que seguimos existiendo: músculos, estertores, pruebas fisiológicas que en cierta forma nos tranquilizan; después regresamos al interior de esa región a la que nunca invitamos a nadie.
El sol se prepara para ser cadáver. Teatraliza su defunción detrás de un edificio. Cuando nada más queda un rescoldo de fuego, el cielo recupera su tono natural, en eso imita a los humanos cuando se despiden de una visita de cortesía y vuelven a encajarse en la cara (ya con la puerta de la casa cerrada) su expresión de cuando están solos.

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