9/3/12

Parece ser que este año publicaré el segundo libro de poesía. Tengo cuarenta y cinco años y solo dos libros. No parece gran cosa. Cuando tenía treinta pensaba que a esta edad ya habría publicado más de diez. Nada sale como se piensa. Pero no pasa nada. Está siendo así. Las fichas se mueven despacio. Una mano perezosa mueve las teclas y los hilos. Parece que el tiempo se tome las cosas con calma. Me mira y se ríe. Pobre imbécil, pensará, cuenta sus libros y sus días pero no es capaz de verse en la montaña de arena que utilizo para medirme y para asustarle. El libro se titula Explosiones nucleares en una caja de zapatos. Anoche pensé en el prólogo. ¿Qué se puede decir antes de leer un poema? A lo mejor no hay que añadir nada: que lo que hay allí escrito se defienda solo. La vida no trae introducción. Las personas tampoco. Hay días en que todo resulta falso, pedregoso, estático e inútil. Me empeño en sobreponerme pero sé que el intento será fallido. Me pesan las piernas. Es como si todos los errores que hubiese cometido en mi vida se concentraran ahora mismo en la sangre de mis extremidades. Siento su espesor, su carga de broma pesada que se abre paso de mala gana, a codazos, empujando las paredes orgánicas que encuentra. El cansancio me habla. El otro día soñé que jugaba al tenis solo. Había tormenta y era de noche. Quizá estuviera en una plataforma flotante en el mar. Pero jugaba solo. Mis saques acababan en el agua. Las pelotas flotaban y su color reflectaba en la oscuridad. Juego solo. Escribo solo. Diría que vivo solo, como hacemos todos. Quizá espere una respuesta. ¿Para qué escribo? ¿Qué más debo demostrarme? Podría coger esto mismo y convertirlo en prólogo del nuevo libro. Podría decir que en el sueño vi esas mismas explosiones en el horizonte, y también que mi existencia se desarrolla en una caja de zapatos. Tormentas en una caja. Tenista solitario pierde los nervios bajo la tormenta. Que en el otro lado de la pista no hubiera nadie también se puede interpretar como la necesidad de encontrarse a través de la escritura. Soy un alter ego invisible que se niega a devolver las pelotas de su oponente. Escribo para que se acabe la tormenta, también. Hay zonas indefinibles. Casi todo lo que nos rodea y nos consume es inexplicable. Dentro de unos meses alguien leerá el libro y fabricará un mundo propio en el que no estaré. El autor propone el viaje pero nunca acompaña ni hace de guía. No he abierto un camino. Como mucho soy el que enciende las antorchas para que los turistas no se caigan al precipicio. Pero lo leerán para caer, dice el tiempo, ¿no te das cuenta? ¿acaso tu vanidad te tiene tan engañado? No haces caminos, solo precipicios necesarios para los que quieren dejar de ser lo que son. Puede que sí. Puede que todo se magnifique absurdamente. Lo que me sigue gustando es que el título prometía cierta humildad: explosiones de andar por casa, hecatombes controladas que acaban cuando unos dedos pulsan el interruptor para apagar la luz.

4 comentarios :

acróbata dijo...

No te quejes, tú vas a por tu segundo, algunos tenemos muy claro que a este paso nos moriremos sin tener la suerte de ver uno siquiera publicado.

El mejor prólogo es el que te salga del corazón.

Saludos de un desconocido.

About dijo...

Tienes razón, acróbata. me quejo demasiado. Muchas gracias por ponerme en la tierra. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Pues yo tengo cuarenta y cinco libros y solo dos años.

About dijo...

jajajajaja, qué afortunado eres.