9/6/11

Hay mails que tienen forma de tijera gigante que corta algo que existía o existió pero que de pronto deja de hacerlo. No hay sonido que pueda reproducirlo. La escena se sucede en medio del océano mientras las hojas de la tijera se cierran y cortan un hilo que antiguamente creíamos de oro. Lo hacen despacio, tanto y con tanta majestuosidad que hasta las ballenas de mayor tamaño esconden la cabeza en el agua para evitar el desconcertante recuerdo. Mientras se escribe ese mail uno no se da cuenta. Solo es un cuerpo sentado delante de una máquina que muestra un rectángulo de luz blanca. Llegan las letras y después las palabras avanzando hacia la derecha, componiendo el tumor o el tren nocturno o la bala que viaja para matar algo. La amistad está dormida en su cama de plumas. No es consciente. Ella ve sus películas y escucha sus canciones particulares. No ve la espada ni tan siquiera su sombra pendiendo en lo alto, soñando con caer y acabar. Cuando se concluye la redacción y antes de pulsar sobre el icono del avión de papel que representa el momento en que será enviado y cruzará esa masa oceánica oscura o radiante o embrutecida por el viento, antes de que el dedo determine que esa amistad dejará de serlo se siente invariablemente el peso de todo lo que hubo detrás: las imágenes en las que tomabas café o levantabas vasos o quizá una mano golpeaba la parte alta de tu espalda y en el aire saltaban las risas; o simplemente otras de dos personas caminando, vistas de espaldas, por una calle poco iluminada como en algunas portadas de discos de jazz. Hacía frío. Puede que nevara o que sea la grotesca memoria la que ahora lo susurra para embellecer inútilmente la ausencia. Todo tiempo anterior se hincha y suena a hueco cuando es recordado desde el presente. Dejamos de ser amigos, nos convertimos en dos extraños, dicen esas palabras que ahora surcan el vacío, ya no nos pensaremos con alegría cuando algún detalle nos lleve a hacerlo, cuando la escena de una película nos empuje o un sabor celebrado por ambos o el odio común hacia las palomas o el humo o la tranquilidad que da contemplar en silencio la franja de espuma en un vaso de cerveza. Todo eso desaparece cuando las hojas de la tijera gigante chirrían sobre el horizonte y dictaminan que se acabó. Cuando ya ha pasado nos damos cuenta que el hilo no era tan grueso ni de oro, que se trataba de cuerda raída y hasta en algunos puntos quemada por el fuego que tuvo que soportar. Después solo hay silencio. No sabes si cerrar el portátil como el que cierra una novela acabada o interrumpida bruscamente y sin sentido por un loco que hubiese arrancado las mejores páginas. Después, o casi al mismo tiempo, deseas dormir infantilmente, ya que resulta imposible desenroscarse la cabeza o desconectar los cables que mantienen el habla y la consciencia. Caminamos hacia otro sitio sin mirar atrás. Nos alejamos con pasos de robot viejo que echa de menos las antiguas flores que un día pisó con esa otra persona de la que ya no queda casi nada, solo una cuerda deshilachada que arrastra el mar.

2 comentarios :

V-M dijo...

Muy interesante el blog.
Has escrito a un facebook que no es el que funciona actualmente y que es éste

http://www.facebook.com/group.php?v=wall&gid=218599325256

Un saludo de

Enrique

luis acebes dijo...

Enrique,
Muchas gracias por tu comentario. Es un honor. He crecido leyéndote y espero seguir haciéndolo.
Un saludo,

Luis