16/1/11

Queda atrás este día y el recuerdo de un castillo hinchándose y deshinchándose después. Lo trajeron dos ecuatorianos en una furgoneta, dos hombres menudos que al recibir mi dinero lo palparon como si fuese de tela. Ya sé, era un tapiz, todos estábamos dentro de un tapiz en el que el aire formaba un castillo de plástico para celebrar un cumpleaños. Después inflé globos rosas y blancos y también otros más malos que encontramos por algún sitio. Cada uno que inflaba era recibido por mi hija con los brazos en alto, esperando que llegasen a su altura. Mireia los veía bailar en el aire y eso le sorprendía más que la respiración ruidosa del castillo.
A las cinco llegaron sus invitadas. Todas tenían algo de ella. Creo que los ojos. No lo de fuera sino lo que hay dentro, en la parte oculta, lo que le da vida a la mirada, el retrovisor de los milagros que a esa edad se suceden constantemente. Las veo entrar y después cierro los ojos y ya están saltando. Sus piernas se flexionan a cámara lenta, sus cuerpos vuelan por el aire. Por el equipo de música salen canciones que detesto: voces condenadas a la adolescencia comercial pero que a ella le hacen gracia. Imagino otra música. Imagino que en este mundo que estoy inventando solo suena Monteverdi o una sinfonía de Dvorak, pero solo una de esas dos opciones. A duras penas y con gran esfuerzo de concentración consigo abstraerme de la música pegadiza y veo a mi hija convertida en una criatura de las nubes, una bella excentricidad de la naturaleza que desobedece a las leyes físicas. Tienes cuatro años, ya puedo contarte ciertos secretos de mí, Mireia, soy el hombre que te mira fascinado en medio de la sala, el que no sabe pactar con su tiempo y por eso está condenado a vivir dentro de otro envase desde el que tu voz le llega más limpia pero distorsionada por el vacío. Para disimular juego con las otras niñas. Soy el ogro de este castillo y no quiero niñas. Las empujo desde fuera y ellas rebotan y ríen. Repito lo mismo hasta que me canso. En realidad soy un ogro al que expulsaron de su paraíso hinchable y que ahora vaga por el extrarradio de las tinieblas.
Sí, después llegó la tarta y soplaste. No pude verte de frente. Vi siete u ocho cabecitas en torno a la llama y fue en ese momento en el que más te amé, por encima de mis consideraciones y rarezas y sobre todo en contra del tiempo que a mi pesar no hace más que empujarme en dirección contraria a ti, como esos matones de discoteca que se entretienen sacando a patadas a los indeseables por la puerta de atrás.
A eso de las nueve, cuando desenchufé el castillo, no pude dejar de observarte. Pusiste tu famosa cara de decir adiós. Cayeron las almenas brillantes y los cuchillos de la luna (ya fuera, caminando a casa) se encargaron de matarme muy despacio.

2 comentarios :

josepmanel dijo...

Grande, muy grande.

luis acebes dijo...

Un placer que me leas, Josep. Un saludo.