19/1/11

La operación en principio no reviste especial gravedad. Se trata de separar una carcasa artificial que ha ido creciendo sobre la piel hasta crear una estructura exógena y absolutamente molesta que recubre todo el cuerpo del paciente. El médico acompaña estas palabras con ligeros toques del mango de un bisturí. Suena como si alguien golpease con la uña la quilla de un barco hecho de palillos. El paciente soy yo. Más bien el paciente sería mi escritura o el afán de llenar espacios vacíos con las serpentinas de palabras que tengo la manía de lanzar al aire sin motivo. Mi posición de narrador me permite situarme al lado del cirujano y respirar despacio mientras prosigue con su toqueteo. Me gustaría contar con un segundo bisturí y hacer lo que hace él, incluso crear un ritmo pegadizo con sus golpes y los míos. El médico me mira, quizá intuyendo mi propósito. Percibo su condescendencia y también el aburrimiento que le producen estas operaciones. Su rostro podría ser el de cualquier gran escritor. Que cada uno le ponga un nombre. Yo he decidido que sea Milton, el doctor Milton. El hecho de que sea un poeta inglés de otra época me relaja, la distancia siempre es un buen parapeto; y además está mi timidez que tengo que apaciguar de alguna manera con cualquier trampa.
La operación será dolorosa, lo sé. La segunda piel que me recubre no nació ayer. Viene creciendo hace muchos años. En muchas ocasiones la he celebrado. Incluso la he exhibido con orgullo en mi forma de hablar o de entrar en una sala pensando que esa era exactamente la imagen que tenía que dar. Pero las pieles falsas acaban cayendo. Y a las que no, hay que ayudarlas. Los quirófanos dan miedo. Esa luz. El olor y la asepsia, tan cercanos a la idea de la muerte. Pero estoy aquí y no hay vuelta atrás. Dentro de unos minutos el cirujano Milton hará su trabajo. ¿Dónde pasaré mi convalecencia? ¿Se me permitirá escribir? ¿Seré recluido en un delicioso balneario con gruesas mantas y vistas a Los Alpes? Sentado en la camilla cierro los puños empujado por una emoción absurda de pensarme después cuando despierte e imaginar cómo seré o si la ausencia de la piel vieja será visible y en qué cambiará mi forma de escribir. Seguro que diré cosas que antes no decía. Diré mierda y disgustos y ya no tendré tanto apego a los adverbios de lugar ni a las alegorías. Puede que esta sea la última vez que escriba así y resulta excitante no saber cómo será lo que venga después. Sé que otros escritores aficionados han sido intervenidos de este mal. Algunos, cegados por una incontenible nostalgia, pidieron a la enfermera si podían llevarse un trozo de la carcasa metida en un frasco. Yo no lo haré. A la basura con ella y con todo lo que representa.
El anestesista me ha dicho que cuente hasta cien. Las luces del techo no me recuerdan a nada. Aquí no hay memoria, solo esos olores de mundo precintado. Estoy tumbado. Los párpados van cediendo. Veintitrés, veinticuatro. Mañana seré un hombre nuevo.

1 comentario :

acróbata dijo...

Bueno pues aquí estaremos para verlo....¿tú que crees, necesitaré pasarme por el oftálmologo para que me revise la vista después de tu operación a relato abierto?, no sé, tus recien transplantados textos acabaran por confirmármelo.

"Mierda" es de los términos más usados y como todo en su justa medida no suena tan mal, ahora bien si se abusa de él.....pues huele fatal, ¿cómo va a oler si no?....jajajjaj

Saludos desde la sala de anatomía forense, espero que no recales por aquí en mucho tiempo.