18/1/11

Leer los Diarios de Kafka es bueno. Pero también es malo. La dosis de humildad viene con una daga de regalo, y ese cuchillo de hoja corta se te mete por todas partes recordándote que eres un mediocre. Puedo decir lo mismo de Claudio Magris, por ejemplo, repasando cualquiera de sus pensamientos de Utopía y desencanto. Es bueno que alguien te recuerde que eres un inútil, un farsante, un dominguero con alma de rebajas que se complace mirándose en la superficie aterciopelada de su vanidad. Recuerdo ahora cuando Kafka dice que un hombre no dudará en empujar a una mujer bella en un teatro en llamas con tal de salvar su vida. Golpeará su cabeza o puede que aparte su cuerpo a puntapiés sin el menor reparo. Cuando alguien es capaz de describir la condición humana con tanta precisión cabe preguntarse si es necesario añadir algo más. Porque son añadiduras, ríos de etcéteras que obedecen a la corriente, palabras ya tantas veces dichas que presentan ese aspecto tan manoseado que tienen los brazos de los sillones de las salas de espera. Sin embargo, sigo escribiendo, yo y otros muchos a los que no tengo el placer de conocer, otros exploradores de día festivo que se piensan héroes y no pasan de paseantes de centro comercial. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué lo hago y además de esta forma que emula a ciertas folclóricas afectadas que se retuercen en el escenario con un clavel en la mano al que acaban estrujando? Existió Kafka. Existió Mann. Existió Carver y Homero, en épocas tan cercanas que a veces pienso si fueron hermanos, vecinos o presencias espectrales que viajaban con la naturalidad de una transpiración por los poros del tiempo. Existieron, en general, un puñado de almas grandes que nunca tuvieron preocupaciones por cuál debería ser su estilo: ellos eran el estilo, la forma, la manera y el fin, lo eran todo en lo que hacían.
A veces, en esos días de luz increíble y expectativas suaves al tacto, uno cree que no existieron. Mira por la ventana y no ve sus sombras. Hay un cielo, parecido al espacio virgen en el que escribir, y un sol en forma de signo ortográfico que abre las compuertas del optimismo y hace que la cosa comience a rodar. Gracias a esos días me olvido de mis limitaciones y juego a ser ese que promulgan los manuales de coaching personal y los anuncios de coches caros: un ser completo, maduro y radiante que no dudará en matar a la bestia. Esos días son la tregua, la ilusión óptica, las palmeras de los nómadas, el pasillo de iones que conduce a esa dimensión que buscamos. Y por ese momento se sacrifica todo, se truca todo, se mira hacia otro lado y se le da cuerda al ratón de hojalata que simboliza nuestras ilusiones. ¿Haría lo mismo Kafka en 1911?

2 comentarios :

F. Kafka dijo...

¿Por qué lo hacemos? Porque la literatura es siempre una expedición a la verdad.

luis acebes dijo...

Cierto, gracias por recordármelo.