1/12/10

Llega otro y sólo se me ocurre repetir tres veces la palabra dios sentado en un borde del camino y con las manos enlazadas demostrando resignación castellana. ¿Dónde la aprendí? ¿Fue de tantos apaleamientos y manteos en los que el tiempo decidió que yo era Sancho y él un duque altivo y socarrón? El caso es que llega otro y no lo hace de golpe. Nunca caen del techo las velas de la tarta como en esas películas de sustos previsibles. Venía avisando hace tiempo, camuflado entre las hojas mustias de los días laborables. Los cumpleaños son la demostración babosa de que vivimos. Yo vivo. Yo utilizo los transportes públicos de mi Comunidad. Yo abro cartas. Yo ensayo caras en los espejos de los ascensores. Yo me conjugo involuntariamente, constantemente. Cierto que los otros también lo hacen: cruzan sus hilos con los míos en esos mismos transportes o en salas desapacibles y con el mismo automatismo que nos impide a todos sentir el tacto de terciopelo húmedo que nos deja el tiempo en las manos.
Toda esta palabrería, este río fatuo de pensamientos, viene a que llega otra fecha señalada en la que debo celebrar la continuidad de la vida. Y cuando llega envidio el ritual de esos restaurantes americanos en los que te cantan cumpleaños feliz y te regalan un globo que después, en la calle, dejas escapar y sigues con la vista un rato hasta que se convierte en nada.
Deberían volver a enseñarme a aplaudir o que alguien me dejara unos platillos con los que hacer ruido en las aceras: quizá provocara un desfile improvisado al que se sumaran otros como yo y un elefante viejo cerrando la comitiva como un gran punto final de piel cuarteada. Pero la tradición me lo impide, la tradición y su estricto protocolo. Debo soplar. Debo cerrar los ojos y escoger entre uno de los deseos que figuran en el menú. Debo sonreír y demostrar agradecimiento por continuar aquí. Y, como cada vez que cumplo años, lo haré; porque a pesar de mi desidia no niego que me complazca la idea de vivir más, aunque sólo sea por el placer de contemplar el brillo de la hoja de un cuchillo hundiéndose en una tarta o la mirada de mis hijas que, con sus dibujos envueltos y atados con un lazo, esperan colgarse de mi cuello como el que abraza a una mascota grande. Ellas desconocen mis sombras. También mi mujer, que aunque las sospecha demuestra elegancia dejándome un espacio intacto para sentarme con ellas a diario a charlar. Las mujeres de mi casa me mantienen en la realidad, y lo hacen con tanta dulzura que a veces berrearía de alegría en público por la suerte que he tenido de poder vivir a su lado. Creo que en mi próximo cumpleaños invitaré a todos: sombras y familia sentados a una misma mesa. Y ahora llega el momento de abandonar el borde del camino, sacudirse la ropa y continuar.

2 comentarios :

Stella dijo...

me encantó este paseo mantal frente al mentado tiempo y las senseciones,muy bueno,Gracias

lu dijo...

Muchas gracias, Stella, me alegra que te guste.