23/12/10

Hay una foto de cuando el tiempo daba vueltas en una caja de zapatos. Vueltas de giroscopio aficionado. Pero giraba. Y el niño con él. Quizá agarrado al vuelo de su vestido o al cuello de su madre, suspendido en un abrazo que hoy vuelve a encenderse. La foto era al lado de un árbol de Navidad, de esos de plástico que se plegaban y después las bolas se envolvían en papel de periódico hasta el otro año y el del más allá. Había una bolas estilizadas que parecían lágrimas y que el niño llamaba codorníus, ¿por qué le pondría ese nombre? ¿era por la forma de una copa de champán vista en un anuncio, falsos millonarios brindando en un jardín, actores que ya serán ancianos o sombras fallecidas dentro de un envase? Los brazos del niño se aferran al cuello de la madre como el que se abraza a un árbol durante una tormenta, sin sospechar quizá que no sea el lugar más seguro, pero con la fe de estar haciendo lo debido.
Es verdad que hay otras fotos. Con perros. En jardines. Con los brazos imperiales del sol colándose por el objetivo. A la puerta de un hotel y con una corbata de nudo falso que se sujeta con una goma, de las que les ponen a los niños para disfrazarlos de hombres. Quizá en esa foto el niño sostenía en una mano un globo en forma de salchicha gigante y en la otra un trozo de papel con un número para una rifa. Puede que hubiera muchas más. Era en un hotel de nombre exótico: Mindanao.
Puede que el archivo sea infinito, pero la que hoy le manda es la otra, la del árbol en el rincón del salón y el papel pintado en la pared. También recuerda sus flores y las filigranas en las que perdía la vista cuando estaba solo o al pasar de un juego a otro, en esos tránsitos o cambios de reino en los que se encuentra lo real. La sombra del niño y la del árbol sintético se funden sobre la pared. Juntas se hacen una masa cuyo contorno podría representar un país que ya no existe. La foto quema. No es que arda. Simplemente quema como si hubiese estado todos estos años en un horno invisible a la espera de sus dedos. Y no hay guantes para cogerla. Nada en el mercado le ofrece garantías de protección. Ningún fabricante ha pensado en esa foto, en el problema de sus yemas enrojecidas. Lo mejor sería dejarla enfriar. Helarla de un bostezo o archivarla para mejores ocasiones o enviársela a alguien que se apellide Nunca.
El niño, ayudado por otro que no aparece en la foto, abre despacio la tapa de la caja de zapatos y observa con los ojos muy abiertos las piruetas de hámster que hace el tiempo y, aunque a eso no se le pueda llamar baile, le gusta.

2 comentarios :

impresiones de una tortuga dijo...

¿Quien no tiene una foto como ésa en alguna caja de cartón deformada o de lata oxidada por el tiempo y la humedad del tiempo que pasa inexorable?.
Saludos y FELIZ AÑO.

luis acebes dijo...

Feliz año a ti también!!! Espero que sigas entrando por aquí.