21/12/10

Anoche era invierno y compré naranjas como Vito Corleone cuando le dispararon al atardecer a la puerta de esa frutería de Nueva York. Las compré en el chino de al lado de mi casa. Las pude elegir yo mismo dejando que mi mano palpara su piel lunar. Después las metí en una bolsa transparente y se las tendí a la dueña para que las pesara. Pude oler una. Me la lleve a la nariz bajo la mirada de un niño chino de tres años que me observaba. Tenía un dinosaurio rojo en la mano y hablaba con él. Me hubiese gustado preguntarle qué le decía, qué consignas le daba o si le advertía de mi presencia: un adulto con un plumas negro que huele naranjas y entorna los ojos al hacerlo como en esos anuncios de hace años. Anoche era invierno y no me esperaba ningún coche negro a la puerta de la frutería ni nadie descargó su pistola contra mí ni caí sangrando al suelo confundido mientras las naranjas rodaban sobre el asfalto. Un niño me miraba con sus ojos rasgados. Y un dinosaurio también lo hacía de soslayo o de rebote o empujado más por la obligación de mascota que por la curiosidad. Lamento que mi cargamento no rodara por el suelo ni que nadie con sombrero disparara su ira contra mí. Al salir a la calle me alegré de seguir vivo a pesar de la monotonía de una existencia común, sin focos ni trilogías: sólo un hombre caminando hacia su casa con una barra de pan y cuatro naranjas resplandecientes en una bolsa de plástico. Pero poco antes, al sacar las monedas del bolsillo para pagar, vi que el niño le decía algo a su madre, algo que le hizo reír con mucha ternura y emitiendo el ruido que haría una caja de música al confundirse de nota. Quizá fuera algo respecto a mí, a mi apariencia para él extraña o a la forma que tuve de coger la naranja y llevarla hasta mi nariz. Quizá dentro de muchos años ese niño escriba una historia que empiece así: Era invierno y un hombre entró en una frutería al anochecer. La escribirá despacio en un piso pequeño que posiblemente esté en esta misma ciudad. Habrá una mujer tumbada en un sofá tras él. La mujer verá su espalda y sus imperceptibles movimientos musculares causados por los dedos al teclear. Al mirarle sentirá amor y la misma ternura que su madre años atrás cuando le confesó algo al oído. Será verano y por eso él soñará con una historia de invierno en la que poder apagar una luz que permanecía encendida al final del largo pasillo de su infancia.

4 comentarios :

LaReinaFrancesa dijo...

La naranja...OLÍA A FREEESAAAA!!! Acebes, qué alegría encontrate, que placer leerte. "Huelo a Fresa" me ha desterrado de su reino de muñecos!!!! jajajajajaja!!!

luis acebes dijo...

Pero bueno, la alegría es mía!!! El otro día me lo dijeron las cukis, no sé si decirte que lo siento o enhorabuena. Mándame un mail con tu móvil y hablamos y nos reimos un rato con el hombre que huele a fresa...

luisacebesnavarro@gmail.com

Pamela S. Terlizzi Prina dijo...

Luis, sinceramente fue un placer perderme en tus reflexiones, en esae exquisito entramado de preguntas. Preguntas de las que buscan respuesta, y de las que no.
Te saludo y te dejo las coordenadas para llegar mi blog, por si se te antoja un poco de palabrerío porteño:
http://pamelaterlizziprina.blogspot.com/
Saludos desde Buenos Aires.

luis acebes dijo...

Un placer, Pamela. Lo visitaré con gusto. Y gracias por tu comentario.
Un saludo,

Luis