16/9/10

Una amiga se separa. Me lo dijo anoche por el chat de facebook. Había acabado el partido y abrí el ordenador. La sintonía de la champions reverberaba por las zonas de cemento de la urbanización creando ecos de distinto tamaño que decían que septiembre había llegado con todas las consecuencias y aporreando su aburrido tambor. Mi amiga me dijo que estaba pasándolo mal. Imaginé lo que se acostumbra a imaginar: una persona sentada a los pies de una cama con las manos enlazadas contemplando un armario abierto, como un cadáver destripado que ofrece testimonios de las costumbres que engendra una vida en común: mangas de blusas que apuntan al suelo y zapatos dispuestos a despegar hacia otro mundo desconocido. Mi amiga decía que era la peor noche de su vida, que no podría dormir, que todo era negro. Me sentí estúpido leyendo esas palabras tumbado en un sofá y con el calor de la batería del portátil quemándome el estómago. ¿Sería la misma sensación de mi amiga, el mismo incendio glandular que queremos imaginar como algo que sucede en un bosque nórdico en vez de asumir la verdad de una simple carne chamuscada? Sé que no hay aparatos para medir el dolor. La soledad consiste en que no hay tales máquinas. Sólo cuerpos que se sientan a los pies de una cama e intentan imaginar su vida de después, siempre con ese después anudado en el centro de los ojos y a merced de sus caprichosos viajes. Decir ten fuerza o decir duerme un poco es como decirle a una hormiga que siga la fila; tan inútil como cerrar los ojos y pensar que todo lo que tiene que venir lo hará de forma sensata, ordenada y con un sistema de calibración pensado por alguien al que le importamos. ¿Qué nos espera al final de la noche? ¿Por qué los héroes antiguos esperaban la llegada de la aurora como el que espera que una nueva piel le sea impuesta desde el cielo? Cuando las palabras no llegan a la cima me siento decepcionado. Cuando sucede tal cosa me pienso como ese escalador primerizo que deja de sentir los dedos de los pies en medio de una mañana de verano. Ahora pienso en mi amiga y en las palabras que le mandé desde mi ordenador; pienso en el mapa de su montaña y creo que no pasaré a la Historia de los Grandes Montañeros del Consuelo o puede que quizá miré hacia arriba y vi lo escarpado de la pared y el riesgo de aludes o lo avanzado de la hora y el sueño que ya asomaba en mis dedos al teclear y en mi ánimo al intentar manejar ese avión que tiraba medicamentos, agua y mantas en el campamento desolado de mi amiga.
Espero que hoy se haya levantado mejor, que haya permanecido un poco menos sentada a los pies de su cama y que la asfixia del silencio de su casa haya sido un poco más considerada con ella y le haya dicho al oído: es hoy y sigues viviendo; y retirándole sus fríos dedos del cuello le haya dejado entrever alguna frágil y hermosa razón para seguir.

2 comentarios :

Luisa dijo...

Las palabras, dichas con cariño y sensibilidad curan, y las tuyas seguro que han ayudado a tu amiga.

lu dijo...

Espero que sí.