14/9/10

Morir es visitar una ciudad desconocida. Hablo de bajarse de un vagón de tren en medio de una luz barata (y no por ello antipática ni irreal) y comprobar que tus pasos o el peso de tu cuerpo obedecen a un estado distinto: amable y sumergido en un paréntesis de tiempo que parece que no vaya a acabar nunca. Las personas que tienes a tu alrededor, los que caminan a tu lado, muestran una alegría convencida, una extraña determinación que te sorprende y a la vez te llena de más alegría. Eres un envase afortunado que rebosa y parece que al deslizar tus pies por el andén estés patinando hacia esa zona que intuiste cuando eras un niño al descorrer un visillo y encontrarte con la silueta de tu primera sorpresa. Quizá un hombre de unos sesenta años (de aspecto bonachón y algo perdido) te pare con un mapa de metro en su mano temblorosa y tras unas palabras emitidas a un volumen casi inaudible te pregunte, señalando con el dedo un cruce de líneas, si tiene que hacer trasbordo precisamente ahí para ir al cementerio. Ese hombre de tripa abultada se sentará frente a ti. Su mirada será tan acuosa que te darán ganas de acariciarle con una parte de tu anatomía que no existe, quizá la punta de unas alas que le ofrecieran consuelo, un roce preciso que le devolviese la fe en sus sentimientos. Puede que morir sea visitar una ciudad desconocida en la falda de una montaña. La estación está casi suspendida en el aire, al único abrigo de una hilera de árboles puntiagudos que apuntan al cielo. Es normal que al abandonar la estación, siguiendo el río de gente que te precede, sientas las mismas emociones de los grandes viajeros de todos los tiempos. Esperas arquitecturas tirolesas y ríos de un espesor imposible. Esperas que la calma te salga al paso como una de esas muñecas antiguas que han dormido siglos en un armario.
Pero el hombre de la mirada acuosa querrá llegar cuanto antes al cementerio. No lleva ningún ramo de flores en la mano. Con el duelo otoñal de sus ojos le basta. En su brillo figura perfectamente redactada la naturaleza de su dolor. ¿Serás tú el que le diga que ya ha llegado al cementerio, que el viaje que está haciendo es redundante como quizá las etapas anteriores de su vida que le han llevado hasta aquí?
Atardece en la ciudad desconocida. Avanzas acompañado de otros. En tu ánimo no está el cantar pero alguien ha comenzado a hacerlo y otros le siguen al principio con tibieza y más tarde con un ardor que te avergüenza. ¿Dónde acabará el camino? ¿Qué harás cuando tu espíritu de turista ya no se encuentre inflamado y descubras que el paisaje era un decorado que tu inquietud fabricó al bajar de un vagón de tren? Lo cierto es que el hombre que va al cementerio con su mapa en la mano continúa sentado frente a ti.

3 comentarios :

josepmanel dijo...

Creo que mi ánimo encaja perfectamente en tu literatura hipnóptica. Hoy, por lo menos. Es un gustazo, vamos.

Anónimo dijo...

Amigo impresionante,,espero llegar en unos días a casa y poderte leer tranquilamente,,,estoy en un ciber(vacaciones)y es díficil centrarse,pero dos cosas que he leido me han enganchado a rastrear en cuanto llegue a casa tu blogg,,felicidades.Maria Rios Vives

lu dijo...

Me alegro que te guste, María. Un saludo.