27/9/10

Puede que alguien (tu mujer, una amiga, ese hombre sensible que desde hace varios meses repite tu nombre despacio cerca de tu oído) haya encendido velas para ti alguna tarde mientras dejaba correr el grifo de la bañera. Puede que hubiese niños: una niña de casi cuatro años que observa la superficie del agua y juega a perseguir las fluctuaciones de una llama en la penumbra aromática del baño. Puede que sonase música, aunque sobre este punto no habría que ser demasiado ortodoxos ni querer a toda costa que el momento se pareciese demasiado a esos de las películas con espuma exagerada que rebosa los bordes y copas de vino blanco que los protagonistas siempre tienen en la mano como un trofeo de su sensualidad. La ceremonia de la que hablo, la de esa mujer que te quiere, la de esa amiga que ya no sabe en qué lugar de su corazón colocarte o la del amigo sensible de mirada triste que posa su mano bajo el grifo para que el agua no te queme cuando metas un pie y luego otro y le regales la verdad incuestionable de tu cuerpo: un cuerpo desnudo que se sumerge en el líquido amable, un cuerpo delante de otro cuerpo, porque así funciona el romanticismo más pueril quizá, el menos inflamado pero el más conciso, hermoso o delirante. No hace falta que el agua esté adornada de sales del Mar Muerto. Ese mar es una metáfora que flota en tu interior. Un cuerpo en una bañera ya representa en sí la muerte, sobre todo cuando quitas el tapón y el nivel del agua comienza a descender acompañado de un murmullo sordo y rítmico; si cierras en ese momento los ojos podrías confundir la escena con la de un local en el que estuviste una noche cuando ya era muy tarde: sonaba una música electrónica de una textura envolvente que te hacía estar en paz y entregado a ese momento. Decía que cuando el agua baja es la vida quizá la que también lo hace. Tu cuerpo se va quedando ajeno al calor que antes lo amparaba. La muerte podría comportarse así. No lo sabes pero podría. Al menos lo piensas mientras el remolino se lleva la felicidad que antes te acompañó, despacio, como una dentadura de sal que se desvanece en el líquido, una mandíbula que de pronto se hace blanda y luego desaparece. Mientras va pasando esto miras las velas que tu mujer o tu amiga o el amigo sensible encendieron para ti y rezas para que el agua no abandone del todo la bañera porque intuyes que al hacerlo te abandonará de golpe la vida. Es terrible pensar así mientras estás tumbado y desnudo, expuesto a tu propia mirada, expuesto a pensarte minúsculo y hasta enfermizamente sensible por esas ideas que te acompañan en un acto tan intrascendente. Cuando sales y soplas las velas, el aire se disfraza de catedral solitaria y tú te conviertes en ese hombre en albornoz que teme las consecuencias.

4 comentarios :

Anónimo dijo...

Rockin´around one´s navel.

lu dijo...

Y, en tu opinión, ¿crees que eso es bueno o malo?

Anónimo dijo...

Nani Gaitán en "AR": "Lo que más me gusta de mí es mi culo"

lu dijo...

No sé quién es Nani Gaitán ni sé qué es "AR" ni tampoco sé quién cojones eres tú. Y te confieso que, en este momento de mi vida, no sabría decirte cuál de las tres cosas me la trae más floja.