29/9/10

Tengo un lector (o lectora, quién sabe) que me recrimina que me miro demasiado el ombligo. Me lo dice en inglés y bajo el anonimato, quizá un doble disfraz que le permite mostrar su opinión sin miedo a resultar vulnerable. Pero a pesar de su blindaje me ha gustado leer su comentario esta mañana. Soy tan anticuado en tantas cosas que me alegra tener enemigos y gente que discrepa de lo que pienso y a la que le parecen ridículas mis palabras: es necesario para mi crecimiento. Imagino que así se endurece mi piel y todos esos aspectos homéricos que me gustaría cuidar de mi carácter. ¿Por qué nos han enseñado que mirarse el ombligo es pernicioso, innoble y enfermizo? ¿Por qué la moral cristiana le pone tantos reparos a la introspección? ¿Es que los terrenos de allí dentro pertenecen a ese señor de las policromías y las vidrieras góticas?
Un escritor empieza a serlo cuando recibe sus primeras críticas, cuando detrás de la nube de halagos descubre la punta de un rayo afilado que sueña con herir, profanar, asestar muerte, sajar esa espalda odiada y luego esconder la daga y bajar la mano para que nadie contemple el brillo de la sangre resbalando por la hoja. Que vengan más. Que cada día que escriba aparezcan más sombras, más lectores encapuchados que mastiquen mis palabras bajo la luz de un flexo en medio de la nada. Que vengan con pinzas en los pezones o con una pipa para fumar y gafas de soñador anticuado. Pero que vengan.
Recuerdo una canción que me gustaba hace más de veinte años; en una de las estrofas decía: si mis flores no te gustan, tíralas / para eso están / no puedo ofrecerte nada más / que lo mío, nada más./ No quiero que por mí / sientas indiferencia, es vulgar. Supongo que una de las razones de escribir (ese acto absurdo que se acomete desnudo y en zapatillas de casa aunque las palabras que van saliendo jueguen con uno mismo al traje nuevo del emperador) es luchar contra la indiferencia. Pero ese es un ejercicio de vanidad, gritará mi lector sin nombre, piensa en todos los problemas que tiene el mundo, piensa en el calentamiento del planeta, en el hambre, piensa en las hormigas rojas y en las bombillas de alto consumo. Y tiene razón. Pero le diría que he elegido precisamente este rincón para mirarme por dentro (no ya el ombligo, asunto que considero demasiado superficial) con una lupa que sostiene mi mano temblorosa, sino para mirarme el páncreas y todos los asuntos que le conciernen a mi existencia que también puede ser la de otros muchos. Sólo me siento único cuando escribo: no tengo alas, mis excrementos apestan, mis uñas crecen, la mayor parte del día me lo ocupan las majaderías propias y ajenas, la pesadez de los otros y su simpleza de guión televisivo con aplausos de lata. ¿Qué puedo hacer si no? ¿Qué harías tú en mi lugar? A estas alturas creo que sólo he aprendido una cosa: escribir destroza las simetrías. Y ahora, tu turno.

2 comentarios :

Anónimo dijo...

Un honor, Luis. A tus fans les vienes despachando en docena y media de caracteres. A mi me dedicas unas cuantas resmas y un día del mundo. Es lo que tiene el elogio. Que provoca sopor. Es lo que tiene el anonimato. Que lo anima tó.
Tengo en el fuego sopa de introspecciones con lasaña de ombligos. Lo dejamos, que se me quema la cena.

lu dijo...

Me alegro que te haya gustado, el honor es mío.