27/8/10

Sé muy poco del dolor: una muela, una gaviota muerta sobre una roca con la cabeza ladeada ya hacia otra vista que la mía de niño fue incapaz de ver, arañazos (la mayoría por dentro y hechos con la punta de una tijera que nunca quiso ser roma.) Afecciones más inventadas que reales, aunque ahora ya no sepa distinguir cuáles sean unas y cuáles otras. Me lleno de una alegría cándida al pensar en esto y me doy cuenta de que el dolor no utiliza unidades de medida universales. El sufrimiento de cada uno no es cuantificable. No hay dígitos ni tablas que nos digan que lo que para uno es una condena para otro sea un paseo entre tulipanes. ¿Sufrió más Ana Frank o un soldado persa que murió despedazado defendiendo a Darío? ¿Sufro más yo (en mi supuesta vida organizada, en este diorama de pueblecito suizo en el que los trenes nunca dejan de dar vueltas) que un millonario ruso a cuya mujer le acaban de diagnosticar un melanoma maligno?
Muchas mañanas, al despertarme, hago un repaso general de mi estado físico. Mirando al techo compruebo, como un policía de gorra de plato, que ninguna de las luces de alarma estén encendidas. No se observa dolor en ninguna de las piezas del maxilar inferior. Ausencia de anomalías digestivas. Estado de la espalda, estacionario. Rodillas, bien. El paciente respira sin dificultad. El policía anota sus conclusiones en una libreta de tapas metálicas; silba mientras lo hace y quizá sea su silbido lo que más me tranquiliza: estoy bien. ¿Por qué nos da tanto miedo el dolor? ¿Qué clase de personas nos ha enseñado a ser este decorado lleno de cremas antiedad y sofás de cuero italiano en los que intentar ser como esos de los anuncios para los que el dolor es un extraño que nunca pisará su casa?
Sé muy poco de ese bicho, pero cuando me llega lo aguanto como el torno del dentista; intento no cerrar los ojos, concentrarme en alguna mancha del techo o en construir una imagen que me eleve por encima de mi realidad. Soy un cuerpo, deficitario de todo, insolente frente a la muerte que se abanica despacio con mi calendario de pared y cierra los ojos. Pero es que soy ese montón de nada, ese piano repleto de cuerdas de nervios que se desafina cada vez que parpadeo, esa insultante sensación de angustia que me agarra del cuello y me recuerda que la recuerde a pesar del número de pajaritos que canten en mi ventana.
Y sin embargo sé tan poco del dolor que me da vergüenza escribir esto. Me siento como un turista sentándose en la silla eléctrica de una cárcel abandonada, dispuesto a ser fotografiado en una pose cómica, completamente indigno y fuera de lugar.
¿O será pudor? ¿O será que no me atrevo a chillar mas que cuando escribo y casi ni eso, será que temo manchar el aire con mis hilillos negros por miedo a que el de la gorra de plato me detenga por exhibicionismo?
Se acaba el verano y no pienso acompañarle hasta la puerta para despedirle. Nada más llegar a mi casa me obligó a tragar una lagartija viva y varios cristales. Mastica y calla, me dijo. Mastico y callo pero escribo, le contesté yo.

1 comentario :

acróbata dijo...

Si el dolor, como muy bien dices, es incuantificable y por lo tanto no hay baremo posible para poder medirlo,¿te imaginas?, inventar un medidor de sensaciones internas e individuales sería creo yo lo que terminaría por destruir el único reducto realmente libre que nos queda, nuestros sentimientos y nuestras sensaciones. Bueno, por donde iba....eso que como no hay baremo posible nadie puede decir que aquel o ese otro sufre más o menos, por lo tanto no intentes tú mismo banalizar o exaltar tu propio dolor, vamos digo yo en mi modesta opinión.

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