30/8/10

En la historia no oficial de un sábado tiene que estar esa parte en la que se despierta Mireia y me tiende los brazos desde su cama para que la coja en los míos y la lleve al salón mientras por el pasillo, medio dormida, me dice que le ponga los dibujos de Tom y Jerry, que ella pronuncia Tom y Rirri. Se los pongo y desaparezco sin hacer ruido. La dejo tumbada en el sofá con miedo a que la luz de agosto la importune o no sepa entenderla como yo. Si tuviera un poder sobrenatural (si tuviera cetros, varitas de luz, ejércitos invisibles o la simple capacidad de que mi voluntad se grabase en unas tablas de piedra) le ordenaría a la luz que se transformase en lenguas de trapo que cambiasen todos los Jerrys del mundo por Rirris. Y también que limara todas las puntas que le pudieran hacer daño, que colocara cantoneras en esas partes ariscas de mi interior que me avergüenza mostrarle o que entreve a veces de forma involuntaria y sin mi consentimiento.
En esa historia no oficial, en esa crónica postmortem del tiempo que se escapa, debería haber también un lugar para los olores: el de su espalda, el del pelo cuando pego mi nariz a él y aspiro, el de cuando sale de la piscina y corre adonde están las toallas, el de cuando come galletas con yogur, el de cuando nació y unas manos me la tendieron a la puerta de un quirófano; todos esos querría, cada uno etiquetado, documentado y archivado en ampollas que dentro de muchos años pudiera abrir con pulso tembloroso. Pero es imposible: no tengo cetro ni ejércitos poderosos que atiendan las señales de mis manos subiendo o bajando para poner en marcha el alarido de las bestias o el chillido de los elefantes con arqueros que avanzan hacia la línea enemiga apostada tras las nubes. Cuento con el único poder de mis palabras, tan torpes y casi tan inútiles como el pensamiento de que un padre pueda jugar a variar el destino como se desvía el curso de una caravana de hormigas con un dedo.
¿Quién escribirá esa historia para mí? ¿Quién dedicará sus días a contar, a separar los distintos metales para que no compitan ni creen fuerzas magnéticas contrarias a la veracidad de los hechos reales? Lo que sucede no vuelve a suceder. Los relojes no ofrecen segundas oportunidades ni repeticiones. Todo es tan único que asusta. Por eso conviene observar tras una cortina o esconder la mirada tras un anteojo romano de ámbar y observar así la vida conteniendo la respiración en ese momento en que la belleza sale a dar una vuelta y por casualidad roza a alguien con los pliegues de su vestido blanco. Y después, contarlo.

2 comentarios :

josepmanel dijo...

No sé, tengo la sensación de que tienes una excelente capacidad para tomar los detalles que llenan el inventario de los mejores momentos de la vida. Aprovecha y disfruta viendo crecer la felicidad.

lu dijo...

Agradezco tu comentario, Josep, y me alegro de que te guste leer esto que escribo. Un saludo.