25/8/10

Me gusta ver fotos de desconocidos posando en una cala, con bicicletas al fondo y sonriendo en un día de verano que nunca volverá. Me gusta asomarme por la cortina de la impunidad que ofrece de vez en cuando el destino para curiosear en la vida ajena. En esos momentos mi nariz se convierte en un hocico y lo muevo como hacen los perros para detectar en la emulsión química de la fotografía ese poso vivo de entereza y dignidad que muestran. Porque posar delante de una cala (y hacerlo sonriendo, negando cualquier fatalidad, cualquier asomo de tristeza que tengamos aparcado en el patio trasero) conlleva la afirmación de que existimos, de que estamos ahí o en algún momento estuvimos. Todo eso permanece ya fuera de nuestro control, expuesto al tiempo y su cubilete de dados de hueso.
Cuando observo esas fotografías (da igual que estén en un cajón o en un recodo luminoso de un ordenador o expuestas en marcos imaginarios con los que alguna vez he soñado) siento que el hecho simple de vivir se me escapa. Que no sé cómo hacerlo, cómo posar de forma natural delante de un árbol o ante un monumento cuyas piedras se pudieran reír de mi acartonamiento, de mi falta de naturalidad para exponer mi cuerpo en el escaparate del mundo. Creo que debería viajar con el ungüento de la invisibilidad en la maleta. Pararme en medio de una calle y frotar mi piel con él para desaparecer a los pocos segundos. En este punto no quiero que nadie me malinterprete: no persigo la evanescencia ni mi fin es ser recordado como uno de esos cuadros de arcángeles flotantes que tocan la vihuela. Que me bajen del cielo si alguien ha pensado eso. Mi afán es la simple desaparición para así ejercer mis observaciones con calma, como un funcionario del Ministerio de Asuntos Subjetivos. La cantidad de fotografías a las que podría asistir. Es más, podría convertirme yo mismo en una máquina de retratar cosas y momentos: la cala, el perro, los niños que permanecerán siempre en fuga persiguiendo un balón, y el mar como ese otro perro dócil que se tumba a los pies de todos mientras dice entre dientes: ya siempre será 25 de agosto de 2010.

1 comentario :

Isabel González dijo...

"ya siempre será 25 de agosto", Gracias Luís por este bello relato.