7/6/10

Llevo algún tiempo soñando que he matado a un hombre. El otro día al despertar tardé cerca de una hora en asegurarme que era un sueño. Me asomé a la habitación de mi hija intentando agarrarme a mi vida: este soy yo, mi casa, mis pies desnudos sobre la tarima. Quería poner orden. La idea de un asesinato golpeaba zonas de mí que creía a salvo de cualquier intervención del destino: ciudades amuralladas, una valla electrificada rodeando el campamento en el que por las mañanas, en pijama, tomo café.
La idea de un asesinato pone en guardia mecanismos que nunca he activado: abogados, confesiones avergonzadas ante mi mujer en un restaurante, explicaciones arrodillado frente a la cara de mi hija buscando las palabras más sencillas e incluso disfrazándolas con los colores inocuos que figuran en los embalajes de sus juguetes.
Sólo se trata de un sueño dividido en capítulos. En la pantalla nunca reconozco el número. Avanzo por él (miento, no tengo la seguridad de hacerlo) atravesando extensiones desconocidas; en la última entrega iba a bordo de un tren antiguo, no podría asegurarlo pero creo que cruzaba un paisaje nevado. Un páramo, era de noche. Todos los pasajeros estaban muertos, no apilados ni descuartizados, permanecían sentados en sus asientos pero sin vida. Las luces apenas dejaban ver sus ropas, sólo sus rostros, sus ojos cerrados. Nadie obstaculizaba mi carrera de vagón en vagón. Sabía que me perseguían sin que hiciera falta mirar atrás. ¿Por qué no lo hacía? ¿Tan fuerte era el sentimiento de culpa, que me hacía intuir a mis perseguidores sin pensar por un momento que sólo fueran sombras en un sueño? La nieve caía sin pausa en el exterior, ajena a las consecuencias de mis actos, indiferente a las acciones que pueden girar la vida de una persona como gira sobre sí mismo un coche en medio de una autopista, ante el estupor de los conductores que circulan detrás.
Entrar otra vez en la realidad después de un sueño no es fácil, hay algo como de cremallera atascada que te impide continuar. En ese momento te gustaría obviarlo todo y esconderte en el enorme río de la normalidad para gritar que eres uno más. La adaptación es extraña y lenta. Hasta que el ruido que produce un día cualquiera anula las demás resonancias, esos filamentos que bailan en el vacío. Hasta que la calma vuelve a ponerse su corona y entra en tu castillo y se sienta en tu trono.
El estómago es la cámara oscura de mis sueños; en él se produce el hecho químico de la fotografía. Me gustaría observar mi estómago a través de un agujero para poder ver ahora el paisaje nevado del otro día. ¿Avanzaba el tren o sólo permanecía absurdamente parado y a punto de dejarse enterrar por la nieve? Mi estómago sabe lo que sueño, por eso el otro día tardó en pedir comida que le pudiera distraer; no quería trabajar, había colgado el cartel de “vuelva luego” a la entrada de su casa.
No me acostumbro a dejar este sueño. Mi culpabilidad va haciendo eses entre la idea de ser el autor de un asesinato real y la de dejar que el sueño se escape como la rama desgajada que desciende por un río; culpable por la debilidad de un cerebro que se niega a desarrollar un argumento, que se niega a proseguir con una ficción que seguramente habrá robado o mezclado con otras. No quiero pensar en un futuro de sueños convencionales. Si pudiera asegurar su continuidad, si supiera cómo o hacia dónde debo mirar por dentro de mí para no dejar escapar ese extremo del hilo que me une con el otro lado.
Trabajo esperando que venga la noche. Acelero los trámites, los besos, los postres, los semáforos, los pasos. Digo las palabras que debo decir y las que otros quizá esperan. Reduzco las pausas, incluso las que me revertirían cierta sensación de placer ante el hecho inusual o fantasmagórico de vivir cada día. Veo la boca de su túnel desde cualquier ángulo del día. Me arrastra. Me dice que vaya y me lo dice con su boca espesa de oscuridad. “Entra y sigue matando. Entra y huye hacia algún lugar de ti que desconoces. Quítate esa ropa manchada de días iguales y ponte esta otra que huele a miedo, porque has matado a un hombre y debes atravesar solo la región de tu culpa.”
Estoy confundido. A la luz del día no me hace gracia ser un asesino. Un crimen no hace que las cosas mejoren; lo pinta todo de negro: las ventanas, la transparencia de la mirada de mis hijas. Todo acabaría teñido del mismo color si mis manos hubiesen parado de repente la vida de alguien.
Cuando escribo esto no acabo de saber hacia dónde quiero seguir. A ratos pienso si todo fuera una estrategia de mi vanidad. Ella encendiendo una luz en el rincón que menos esperaba. Pensar que puede manejarme hasta ese punto hace que sienta pánico y a la vez agradecimiento. Me ha conseguido entradas de primera fila para un espectáculo único: yo olvidándome de ser yo. En él se sucede el sueño. Mi parco ocio nocturno alentado por sus alas, haciendo que mi vida vuele por encima de la altura mínima que exige la felicidad. Ella disfrazada de locomotora intentando arrastrar un convoy imposible en medio de la nieve. “Avanza”, parece decirme, “no voy a permitir que esto sea todo”.
Mi opción es esperar a que la noche me cubra de irrealidad. Nada persigo salvo otro capítulo. Otra carrera de vagón a vagón para que mi sangre, arrebatada, me dé las gracias.

2 comentarios :

Jarttita. dijo...

Lo de "un futuro de sueños convencionales" me parece precioso.¿Acaso no es lo que todos tememos?

lu dijo...

Pues sí, creo que el futuro tiene mucho de eso y poco de lo otro; el tiempo se encarga de trucar la balanza.