5/2/10

Este blog se parece cada día más a mi casa. Hace unos meses le puse un contador para saber cuántos entraban y se fijaban en las paredes o abrían a escondidas mis armarios con la esperanza de encontrar un pez deforme metido en un frasco. Ayer vi que había llegado a quince mil visitas. Imagino que es bastante más de lo que esperaba (si es que alguna vez esperé algo de todo esto). Una casa con tal tráfico de personas entrando y saliendo corre el peligro de convertirse en un museo. A veces, cuando extiendo la mantequilla en mi tostada sin corteza me siento observado. Un graderío repleto de gente imaginaria que come pipas sigue el movimiento del cuchillo esperando un desenlace fantástico; y no les vale que les diga que sólo es una rebanada de pan, mantequilla y un hombre de mediana edad recién levantado. ¿Qué esperan de mí? Intento recordar las palabras exactas con las que Marguerite Duras se refería a cuando te hallas en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y sientes que sólo la escritura te salvará. Quizá eran esas mismas. Pues sí, quizá busquemos todos una salvación razonable. Yo escribiendo. Otros observando el vuelo que hacen las palabras o fisgando en un cajón que promete tesoros.
¿Debo alegrarme? Debo alegrarme. Y agradecer que el espectáculo que propongo tenga seguidores. Que haya sombras amigas detrás de mis pasos. Que las palabras tomen distintas formas después de escritas según las necesidades y usos de cada uno. Que avance todo arrastrado por un viento cortés que no empuje a nadie. Y lo del contador me gusta. Un buen invento. Es curioso que unos simples números eleven la autoestima y pongan a la vanidad en la rampa de despegue. No es nada. No significa nada. Moriré igual y el mismo día. Pero hoy tengo un montón de gente que ha pasado por delante de mi casa y ha entrado un rato. Que no se me olvide que tengo que poner sillas a la entrada del blog, unas de enea para los que se quieran calentar al sol de febrero. Y agua, botellitas de agua para los que hayan navegado mucho y estén con la boca seca. Tampoco pueden faltar pegatinas para mis hijas. Y mi funda de las gafas, que luego nunca las encuentro.

1 comentario :

María Maza dijo...

¿sabes qué es lo que más me gusta de tus relatos? que parece que me los cuentas en voz baja, al oído.