22/1/10

Alonso Martínez es una de las plazas más parisinas de Madrid. Cada mañana, cuando voy a trabajar y la cruzo despacio intentando retener las sensaciones que me ofrecen sus edificios, lo pienso. Hasta hace poco han estado pintando la fachada del edificio que hace esquina entre Sagasta y Santa Bárbara. Hoy cuando pasaba me ha puesto de buen humor comprobar que ya han acabado. La casa vuelve a reinar en la foto imaginaria que hago cada día. Por fin he vuelto a envidiar nítidamente al inquilino del ático, que además disfruta de la torre que corona el edificio. Han sido muchas mañanas de imaginar mi vida allí arriba. Siempre que veo una casa que me gusta me imagino viviendo en ella, pero antes de hacerlo imagino la felicidad animal que sentirán sus dueños, cómo tomarán café apoyados en una ventana o la pereza con la que arrastrarán sus zapatillas de casa por el pasillo al despertarse. Envidio de las casas estas sensaciones tan personales, no sus portales suntuosos o el hecho de que tengan cinco o mil cuartos de baño. Mi envidia no obedece a patrones determinados. Puedo envidiar una casa pequeña y medio derruida tanto como una grande. Mi pecado es más sensitivo que físico, se podría decir. La casa de la que hablo, la de la esquina, cumple todos los requisitos que exige mi codicia. ¿Cómo sería mi vida allí arriba? ¿De qué forma sostendría mi taza de café contra la ventana? ¿Cómo serían mis paseos por el terrado arrancando hojas secas de mis supuestas plantas? Vivir es un ejercicio agotador. No contento con lo que tengo, algo dentro de mí me exige constantemente nuevos escenarios en los que depositar mis divagaciones. No alcanzo a gobernar mi actual vida y sus inmuebles y tengo que estar preocupado por cómo serían las otras, las diversas interpretaciones de otra realidad.
Lo mejor es pasar de largo y guardar esa foto hecha a distancia. Que la casa se quede con sus actuales moradores y que les llene de esa felicidad que siempre vive en otra casa que no es la nuestra.
El problema es que soy un ambicioso. Siempre me ha corroído un extraño modelo de ambición que no se corresponde con los estándares clásicos. No me gustan los coches. No soy de los que siguen con la vista un deportivo que arranque con furia al ver la luz verde del semáforo. Se me cae la baba con pocas cosas, es cierto. A veces tengo celos de una conversación que se desarrolla a pocos metros de mí o de cómo mira una persona a otra mientras caminan por la calle. Soy un envidioso de ciertas sensaciones ajenas. ¿Cómo se puede curar mi mal? El consumo no me dice nada. Todo lo que está a la venta no tiene valor. Si hubiera tiendas en las que adquirir todas esas cosas de las que hablo sería diferente. Muy diferente. Pero lo otro, no. Cuando estoy en un centro comercial y cojo cualquier producto (me da igual que sea un bote de aceitunas o un reloj de pared) no consigo que la energía de la posesión traspase mis fronteras. Los veo como objetos impersonales a disposición del primero que pague su precio. ¿Qué valor tiene algo así?
Bueno, resumiendo, me alegro de que a mi edificio le hayan lavado la cara. Y sé que, en el fondo, lo han hecho por mí.

2 comentarios :

Maria dijo...

Me encanta! yo siento lo mismo. Me refiero a que tristemente tengo ese mismo tipo de envidia. En fin, las sensaciones no se compran, pero podemos seguir soñando..y recreándolas aunque sean solo instantes..eso tambien mola, digo yo.

lu dijo...

Me alegro que te haya gustado, María. Qué bien encontrar a otros que tienen las mismas enfermedades que uno. Ya no me siento tan solo.
Un saludo y gracias por tu comentario.