25/11/09

Un día descubres si te has equivocado de pareja o no. Ese día no se anuncia por la tele ni recibes una carta de tipografía inglesa que leer en tu mano temblorosa. Sucede de pronto, es un fotograma perdido que pasa por tu lado, de puntillas, sin respirar. Puede que en él aparezcan tu mujer y tu hija pequeña, dormidas frente a frente, la mano de la madre sobre la cara o el cuello de la niña, las dos cabezas apoyadas en la almohada pero suspendidas en un abismo al que te gustaría arrojarte porque supones que en su fondo vive la paz que llevas buscando cada uno de tus días. Si acercas tu cara a ese fotograma puedes sentir el calor de ambos cuerpos, la vibración que emanan dos organismos dormidos, el ritmo de crucero de su respiración y los levísimos movimientos de sus párpados, que se hayan entregados a una vida figurada que transcurre en las habitaciones con llave de sus sueños. A simple vista no hay nada especial, sólo son dos mujeres durmiendo en una cama de uno ochenta por dos metros, en una habitación pintada de azul celeste y con la persiana bajada hasta sólo dejar que un palmo de luz eléctrica blanca entre con suavidad y vaya perdiendo peso sobre el edredón arrugado que parece la superficie de un planeta imposible.
Allí están. Son una prueba. Son la prueba. Y tú eres el centinela, el guardián temeroso de que algo rompa ese momento, de que entre el horror por la puerta y empiece a chillar y a palmear sus manos, que entre el destino exhalando alcohol por su boca y con planes disparatados. Te dices no, no puede ser, no voy a permitirlo, me quedaré despierto toda la noche, apoyaré mis manos en esta lanza y contaré estrellas para que Morfeo no me encuentre, velaré su sueño porque he nacido para hacerlo, esa es mi misión en la Tierra.
Cuando la mano de tu mujer se mueve y de forma inconsciente recorre el pecho de tu hija y se detiene luego en su hombro y se posa allí para continuar el viaje de la noche, sientes ganas de gritar de felicidad porque eres un elegido de los dioses, ese mortal que cogieron con pinzas y lo elevaron a sus nubes para que fuera consciente de otra vida, una que no transcurre en el barro común ni en el frío ni en los dientes que chirrían de noche. Los dioses te acercaron a la luz para que luego pudieras contarlo.
Parece mentira estar aquí hablando de esto y que sin embargo me parezca tan natural como describir las hojas de un árbol. Qué maniobras encierra y esconde la vida, qué caminos tan complicados, qué laberintos de fuego por los que correr perseguido por todas las sombras, qué belleza tan primaria.
Después amanece como siempre. Tus manos están entumecidas de rodear la lanza, tu carne se ha acostumbrado a la redondez de la madera y ya casi son una, pero mueves los músculos porque ya es de día y tocas la frente de tu hija para comprobar que la fiebre ha bajado. Las dos duermen. Todo permanece igual menos el sol que comienza a hacer su trabajo. La casa huele a sueño; crees que la vida entera huele a sueño pero hoy te has despertado sabiendo que no te has equivocado.

2 comentarios :

Marta dijo...

Qué maravilla Luis!

lu dijo...

Me alegro que te haya gustado, Marta.