29/11/09

Llueve. Me asomo al tendedero del patio en donde fumo y miro hacia arriba. Fumar cerca de una ventana y mirar hacia arriba es algo automático, algo natural sobre todo si es invierno y uno pretende evaluar la situación atmosférica con una mano metida en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo el cigarro. Hoy hace frío. Al girar la rueda del termostato de la calefacción me viene a la cabeza el anuncio de ese delantero de la selección española que me recomienda que no pase de veintiún grados. Vale, no pasaré. Veintiún grados parece una buena cifra, aunque mi termostato algunas veces no reacciona hasta que la rueda marca veinticuatro. Pido perdón por esos tres grados de más, las intenciones y la tecnología no siempre se dan la mano.
Lo que pasa es que no ha dejado de llover en toda la mañana. Me he tomado un sobre de frenadol nada más levantarme. Resulta patético confesar por escrito que tienes catarro, es como empezar una novela diciendo que tienes ganas de tirarte un pedo. Sólo conozco a un autor que podría hacerlo sin que el tono general se viese afectado: Georges Perèc. Leí “Las cosas” cuando hacía el servicio militar en Zaragoza. Recuerdo aquel despacho de la revista Pirineos en la que pasé diez meses de mi vida, allí veía también llover en noviembre junto a un calefactor que sólo funcionaba los diez primeros minutos, después había que ponerse la guerrera y aquellos guantes verdes de lana que sujetaban el libro. Perèc fue un descubrimiento, un aliado en la soledad de los cuarteles. Recuerdo que iba a la cantina con el libro debajo del brazo y el resto de soldados me contemplaba como una rareza difícil de clasificar. La cantina era un buen lugar para meterse en el mundo del escritor francés y descubrir la importancia de las cosas, lo que nos dicen, lo que esconden, lo que representan. Perèc intentó hacer un inventario universal de la realidad, más que un escritor se le puede considerar un notario poético, el albacea meticuloso que describe lo que nos han dejado en herencia: los árboles, los rótulos de las tiendas, las personas que pasan todos los días por una misma calle, la luz, el agua que sale de una fuente, los pasos que nos separan desde el portal hasta la tienda de comestibles.
Y allí estaba yo, descubriendo otra forma de mirar la realidad, vestido de verde y pasando frío, como hoy. Después de comer me toca otro sobre de polvos naranjas. Mi hija mayor me ha dado un paquete de pañuelos de papel con un dibujo de la cenicienta, cada poco lo saco del bolsillo y me sueno la nariz. Si me apellidara Perèc anotaría cuántas veces lo hago a lo largo del día. Mireia me reclama desde la otra parte de la casa. Le digo a mis dedos que paren los caballos. Parece que ha dejado de llover.

4 comentarios :

Anónimo dijo...

A mi también se me vienen a la cabeza recuerdos de aquellos días eternos cuando el tiempo dormía la siesta en el patio de aquel viejo cuartel sin cornetas y nosostros jugábamos a la guerra con una legión de soldaditos de plomo formados sobre la mesa de la redacción. Y las tardes frías de otoño, con el barbero de los arboles tiñéndonos de ocre el alma. En fin, que ese tiempo dormido que una mañana cualquiera despertó y nos dejó libres, parece que ahora se ha empeñado en no detenerse a descansar ni un instante. Y, aunque de aquello hayan pasado ya mil y un otoños, el viejo MacHulligan llama a mi puerta algunas noches de insomnio y me cuenta al oído antiguas batallas libradas en la ciudad que durante aquellos meses nos atormentó la vida.
Espero que el viejo no se canse de venir a mi memoria de vez en cuando y permanezca muchos años entre mis recuerdos.
Un abrazo fuert. Espero que el Frenadol te alivie pronto ese jodido catarro.

lu dijo...

Muchas gracias por tus buenos deseos. Me alegro que mi post te haya hecho recordar esa parte de tu vida.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Perdón, se me olvidó firmar compañero.
Francisco Maeso
Revista Pirineos,1988/89

lu dijo...

Paco Maeso!!! Dios santo, haberlo dicho antes. Pero qué casualidad que leas mi blog. Dime cómo lo has encontrado y sobre todo escríbeme contándome cómo te va la vida. Mi mail es luisacebesnavarro@gmail.com

Un fuerte abrazo