14/11/09

Ayer me corté el pelo. En la peluquería había un niño de unos cinco años cortándoselo también. La peluquera le había sacado una caja con dinosaurios de plástico que el niño miraba como si fuesen pasteles de domingo que hay que escoger con la vista antes de que la sombra de la mano planee sobre la víctima; mientras, ella iba cogiendo entre sus dedos mechones de pelo negro que cortaba con las tijeras y caían al suelo a cámara lenta, celebrando el milagro de la infancia como se ha hecho siempre: en la habitación oscura de la memoria. Me recordó cuando yo iba de pequeño, acompañado de mi madre, y me colocaban un asiento especial encima de la silla para que el peluquero pudiera maniobrar. Pero no me daban dinosaurios ni había otros juguetes con los que pasar el trago; después, si no habías llorado lo que te daban es un sugus que tu propia mano cogía de un bote de cristal.
Las peluquerías son lugares especiales, sobre todo las de caballeros, en los que antes se hablaba de fútbol o de política o simplemente del día que hacía y de cómo vendría el frío o el calor dependiendo del dolor de articulaciones del peluquero. Cada vez quedan menos peluquerías de esas, alguna ves por Chamberí todavía o por algunas calles del barrio de Salamanca, son reductos del tiempo en los que se sigue celebrando la ceremonia de la masculinidad, un juego pausado que huele a linimentos antiguos y lociones de color ámbar.
La peluquería a la que voy ahora es una franquicia atendida por ecuatorianas, nada tengo en contra de ellas, me complace comprobar que se ganan la vida como cualquiera y que han encontrado en este país un lugar con un poco de futuro. Pero no es lo mismo, me refiero a que ya no hay conversaciones, sólo el ruido de las maquinillas eléctricas y los secadores y una emisora de radio que se perdió en el tiempo e insiste en que escuche a Spandau Ballet. Crecer es una mierda, una mierda gigante que hay que transportar a todos los sitios y encima con buena cara. Crecer significa que tu cabeza sigue siendo la misma de siempre pero a tu cuerpo le van envolviendo las capas de la cebolla del progreso o de las supuestas y superpuestas modernidades que van apareciendo por el camino. Bien, jugaremos, pero no prometo nada; un día me pondré a hablar de fútbol con la minúscula peluquera ecuatoriana y le exigiré un sugus al final, una recompensa por no haber llorado y uno extra por haberle dado conversación.

2 comentarios :

antonio dijo...

No es el sugus lo que echas de menos. Es el tiempo irremediablemente pasado. Cuando seas anciano recordarás con melancólico agrado a las ecuatorianas.

lu dijo...

Tienes razón