15/10/09

Me gusta el olor a lavanda de las ancianas que esperan a sus amigas a la puerta del cine Palafox los miércoles en la sesión de las cuatro y en general me gusta el olor de todos los ancianos que van por delante de mí cuando camino por una acera; al adelantarles lo pierdo, debería obligarme a caminar a su paso, a no tener prisa de llegar o no llegar a un sitio, porque no importa, nada es comparable al efluvio que desprenden, huelen a bailarinas desconchadas de caja de música, a peines con incrustaciones de plata que peinaron durante la Segunda República, a palabras que ya no existen. Me atrevo a asegurar que es un reclamo que la vida les ha otorgado en compensación por los días vividos, parecen margaritas secas que alguien ha conservado dentro de un libro, margaritas que abandonan sus páginas por las tardes para comprobar la cuestionada redondez del mundo y su firmeza y que el sol siga arriba del todo como un cacique compasivo que se hurga mucho los dientes después de comer.
Las ancianas que esperan a la puerta del cine llevan el pelo muy peinado y brillante, algunas se lo tiñen con reflejos malva, otras lo llevan caoba muy oscuro, recogido en un moño que han educado con paciencia delante del espejo de una cómoda o ante el de la puerta central de un armario con acabados de ebanistería Art Decó. Lo importante es que están allí, dispuestas a pasar un rato feliz en compañía de otros cuerpos amables con los que entender o no la película, quizá la película sea lo de menos y lo importante esté en verse y dejar de pensar en el dolor de la cadera o en lo que sienten al comer solas en una mesa de comedor tan grande. Cuando paso por su lado me gustaría pararme a hablar con ellas, les diría que sólo conocí a una de mis dos abuelas y que esa única que conocí se murió cuando yo tenía cuatro años; ese día mi madre nos dejó a mi hermana y a mí con una vecina que tenía unos vasos muy gruesos de cristal verde en los que nos daba limonada que su hija le mandaba de Baden-Baden. Todo esto lo he contado ya en un libro de poesía que publiqué el año pasado pero lo estaría contando en todos los libros que escriba a partir de ahora: es muy importante, es necesario recordar con cierta fluidez todo esto una y otra vez, y que cada vez salga un nuevo brillo que me acerque a lo que ando buscando, que desvele la profecía que medio me contó un ser imaginario en sueños y por la que sigo desbrozando las malezas que se empeñan en ocultarme el camino.
La sesión de las cuatro está a punto de empezar. Una señora sale de la heladería Palazzo con un precioso cucurucho de bola rosa mientras su otra mano sujeta las asas de un pequeño bolso negro que viaja a muy pocos centímetros del suelo. Me quedo mirándola, me admira su majestad en medio de este otoño tan raro. Ella se aleja muy despacio, parece el final de la película que veré hoy, se llama “El helado y la muerte”.
Yo también me alejo, espero un semáforo, cruzo la calle y avanzo como un juguete de cuerda hacia mi trabajo.

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