1/10/09

Hoy recordaba todas las ciudades en las que he estado contigo. Me da la sensación de que las neuronas dedicadas a recordar los viajes son las menos profesionalmente melancólicas de todas; si las comparamos con las de los recuerdos de infancia seguro que salen ganando; no conozco a nadie que se despierte a media noche sudando y con amargos remordimientos por un viaje a Egipto. Los recuerdos de los viajes suelen ser amables. Por eso ahora pensaba en el frío que pasamos en Florencia caminando por todas esas calles que daba vergüenza mirar de tanto arte y tanta historia: palacios, galerías, estatuas, iglesias, torres, pinturas; pero lo que más nos gustó fue la boda de los japoneses y su sesión fotográfica en la Plaza del Duomo. Hasta palomas alzando el vuelo había y parecían sincronizadas con el disparador de la cámara y los gestos vaporosos de la novia. Creo que aquello nos daba reparo y alegría a la vez, un pudor estético nos alejaba de la escena pero otro instinto más primario hacía que nuestros pies no se separasen de allí. La vida es un tópico y a la gente parece gustarle: Florencia, los mármoles toscanos, Brunelleschi, los tejados de cerámica naranja, los atardeceres en el puente de las viejas joyerías. Tú quisiste dar un paseo en coche de caballos el día de Año Nuevo y yo no sabía cómo decirte que no sin que te disgustaras pero es que no me imaginaba subido a un coche de caballos por unas calles tan renacentistas, mis prejuicios me atenazaban pero acabé subiendo y a medida que avanzábamos me relajé y pude disfrutar de una sensación extraña, mezcla de indiferencia por mis prejuicios y ese sol tan tibio y modesto que parecía querer abrirse paso en aquel trocito de la Toscana. ¿Cuántas veces tiene que montar un hombre en coche de caballos para demostrar a una mujer que la quiere? La respuesta tiende al infinito. Lo bueno es que después fuimos a comer a un chino delante del Teatro Verdi y por un momento nos dejó de abrumar todo, volvíamos a tener una dimension razonable en un establecimiento acogedor en el que podíamos jugar a que estábamos en cualquier parte; la salsa agridulce era tan horrorosa como en Madrid y eso nos alegró y nos hizo sentirnos más unidos. La union entre personas consiste en eso: compartir imperfecciones. Y seguimos andando y andando, tus pies nos dijeron que volviéramos al hotel y les hicimos caso y fue bueno hacerlo y abrazarnos en aquella cama que parecía de Emily Bronte y quedarnos extasiados con la luz florentina que de tan antigua a veces asustaba y nos recordaba lo vulnerable de nuestras vidas, el soplo accidental de todo lo que nos rodea, el disparador de una cámara, las palomas, la felicidad cristalizada en una expression que dentro de cientos de años alguien verá metida en una caja y se preguntará quién sería aquella mujer japonesa y qué sentiría aquel día en una vieja ciudad del norte de Italia.

2 comentarios :

Anónimo dijo...

No puedo leer más.
Demasiada belleza.
No puedo dejar de leer.
Demasiada necesidad de belleza.

Alfredo.

lu dijo...

Me alegro que te guste, Alfredo. Gracias por tus palabras. Por cierto, ¿cómo encontraste el blog?

Un saludo