6/9/09

Pasear por la mañana entre los puestos dormidos de la feria, contemplar a los gitanos del túnel del miedo limpiando el tren con una fregona mientras suena la radio bajo un cielo bochornoso de finales de verano. Pasear en bicicleta con una niña de siete años, ella delante, y escuchar el sonido de las ruedas sobre la hierba, luego sobre la tierra, luego sobre las baldosas. Pensar en la complicidad, en la interacción, en todas las bobadas que nos rodean y que intentan oprimirnos con sus definiciones. Los gitanos se sientan en sillas blancas de plástico, sus hijos corretean entre la maleza, hartos de las atracciones: para ellos es sólo el trabajo de la familia, el vértigo como oficio, un miedo de andar por casa con grititos repetidos una y otra vez.
Creo que el año pasado ya hablé de los gitanos de la feria y sus uñas negras y sus dientes irregulares que enseñan al sol sin decoro de pensar que están en un barrio de clase media alta a las afueras de la capital. Entre el primer post y este creo que ha pasado un año. Lo que viene ahora es fácil: volveré a escribir uno por uno todos los asuntos del pasado año, en muchos casos tal y como aparecieron, en otros cambiando simplemente algún matiz. El pensamiento, la literatura y la vida funcionan como un carrusel, es bueno saberlo para después no llamarse a engaño.

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