23/10/15

He cogido la costumbre de escribir para saber que estoy vivo. Mireia me regaló una pluma que le sobraba. Este año aprenden a usarla en el colegio. Acaba con las manos negras, pero en el viaje descubre la emoción de las palabras naciendo tan cerca. La punta se desliza. La uve. La eme. El tiempo es esa mosca que vuela entre una letra y otra. No sé si empieza a sentir mi necesidad o solo ha abierto la puerta del gimnasio. Quién lo sabe. Tecleo ahora en el bloc de notas del móvil. Mis dedos son ratas alrededor de un saco de trigo. No hay mérito en algo así. Voy camino de Barcelona. El sol ya no está. Julio César sabía que había estado en la guerra cuando se sentaba a escribir. Ya somos dos. Mi Omnia Galia cabe en el porta revistas del asiento.