23/10/15

Estaba en la explanada del hotel vela y se acercó una pareja para que les hiciera una foto. Llevaban unas bicis antiguas. El sol de mediodía se reflejaba en los cristales. Posaban negando mi presencia, como manda el amor. Simplemente buscaban algo con ojos y dedos, y yo cumplía los requisitos. Un espejo para después, para el invierno. Es de mala educación pensar algo así mientras encuadras dos cuerpos en la pantalla de un móvil. Hay que dejar que la luz les ordene como pueda y le dé al mundo esos dos segundos que necesita para convertirse en un lugar adecuado. Disparé tres veces para no equivocarme. También por ellos y un poco por un presentimiento que de pronto subió por mis dedos creando una corriente parecida a la sanguínea pero más ligera, con capacidad para formar olas y reprises de agua brillante corriendo sin dirección. Ah, sí, me dijo algo en las tripas, recuerdo que era así. Fue la envidia con mejor salud que conoceré nunca, aunque con dientes de oro que hacían sangre al morder. Cómo si no. Al devolverles el teléfono me dieron las gracias sonriendo y sin levantar la vista de la pantalla. El dedo de la chica fue deslizándose hasta que me hizo desaparecer.