21/9/15

Podía ir a recoger a mi hija, por lo que nadie sospecharía de mi presencia allí, un viajero sentimental recorriendo de nuevo el camino de las falsas acacias, los árboles del pan y quesillo, como los llamaban antes los niños, porque se comían las flores blancas que sabían raro, entre dulzón y ácido. Nunca supe la razón de ese nombre que ni pan ni queso dejaban en la boca. Masticábamos flores, aunque no estaba bien visto hacerlo porque decían que eran tóxicas y si alguna monja te pillaba te las hacía escupir delante de ella. Muy bien, ya está, no lo vuelvas a hacer. Su mano se deslizaba por tu pelo hasta la nuca siguiendo la ruta de la condescendencia que tantas exploradoras con toca han hecho. Luego te limpiabas los labios con la manga del babi y esperabas a estar solo para volver a coger una. Se lo podía haber dicho al hombre asiático que sostenía la mochila de su hijo y le acompañaba con la cabeza baja, sonriendo, escuchando en su idioma el relato de la jornada: yo comí flores blancas en este colegio hace más de cuarenta años. Seguí andando. Lo único nuevo eran dos canchas de baloncesto y una pista de tenis recién estrenada, el albero intacto. Lo demás igual, los arcos góticos, las contraventanas de madera con tantas capas de pintura encima como cualquiera de nosotros, las casas de Eduardo Dato y el palacete de la esquina que mezclaba tantos estilos que parecía tan disgustado como el día que nació. Al llegar a la entrada me paré a escuchar las voces que salían de dentro, de los niños que corrían por los pasillos porque ya era viernes y todo quedaba atrás. Una parte de mí quería entrar y verlo. Con los ojos cerrados hubiese sabido llegar a mi clase. Pero a la otra parte le apetecía fumar y no involucrarse. Gracias a ella pasé de puntillas sobre las maderas podridas de la equivocación. Saliendo volví a pasar por la sombra de las falsas acacias, una nube baja de somnolencia que me invitaba a tumbarme en el suelo y a negarlo todo.