21/9/15

Estaba cuatro meses sin llamarme y luego lo hacía a destiempo, perdido en una franja horaria que debía calcular con los dedos al colgar, sumando o restando horas al número que aparecía en la pantalla del despertador. Estuvo en la selva de Borneo viviendo con una tribu que trepaba por árboles gigantes, luego en otra isla que no recuerdo, en Patagonia, al sur de California, Santo Domingo, Miami durante algún tiempo más extendido en el que todos creímos que se asentaría, pero no, sólo fue un punto y coma retardado por un enamoramiento que acabó pasando. Al colgar sentía envidia, tristeza y rabia a partes iguales. En el mundo ordinario era martes, amanecía con esa parsimonia desquiciante de los peores días de invierno y lo que se veía por la ventana era la fachada de un edificio público al que los árboles le llegaban a la altura de los tobillos. Mi única defensa eran las palabras de Cavafis, que al recordarlas me ofrecían una posición superior respecto a él, como si tenerlas enmarcadas y colgadas a la vista me inmunizase contra los placeres de la aventura ajena. Lo que quemas en un sitio lo quemas en todos, decía. Mi amigo había decidido desoír al poeta lanzándose histéricamente a buscarse en cada palmo de tierra nueva que estuviese a su alcance. Yo, con su misma edad, elegí consumir el extracto de otros que lo habían hecho y luego se habían puesto delante de un papel a exprimir los frutos recogidos: ambas manos apretando lo que fuera y las gotas luminosas cayendo muy despacio. Eso me convertía en espectador a la sombra de alguien que había ido y vuelto para traer tesoros. Cualquiera de las dos posturas resultaba arrogante, en activa o en pasiva, lo sé ahora, o lo supongo al mirar atrás y reconocer que toda estrategia juvenil para comprender el mundo lo acaba siendo. Me pregunto si habría otras o si fuimos cortos de vista a la hora de extender la mano. Él, subido a un árbol que arañaba la tripa de las nubes. Yo, descubriendo mi respiración frente a las hojas de un libro.