27/8/15

Sé muy poco de mujeres separadas. Me parece que les gusta tomar el sol. Me refiero a que parecen tomarlo más en serio que las que tienen pareja. Con un hombre al lado no te puedes abandonar a ti misma tanto. Aunque estés tumbada y con los ojos cerrados debes deslizar la mano de vez en cuando hasta encontrar su brazo o con el filo de una uña hacer una caricia telegráfica que le recuerde que le quieres. Hay algo en las mujeres separadas que toman el sol que me pone triste. Esa escenificación tan minuciosa del autocontrol, como si tuviesen en casa una licuadora capaz de convertir en zumo todos los libros de autoayuda que se hayan escrito. Y quizá un accesorio adicional para licuar canciones de Billie Holiday y extraerles las enseñanzas mientras la pulpa del dolor se deposita en otro lado. Lo poco que sé de mujeres separadas lo aprendo en verano de una vecina que hoy lleva un bikini azul oscuro y parece estar especialmente triste, como si se hubiese cansado de su licuadora y suplicase cambiarla a ciegas por un trozo de piel que acariciar.

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Me acosté pensando en la mujer del bikini azul oscuro. Se había convertido sin saberlo en la reina de todas las mujeres separadas del mundo. Cenó poco y con las piernas dobladas sobre el sofá. Un plato con dados de piña y un yogur que dejó a medias. Tenía el pelo recogido bajo la corona de plástico. Al segundo bloque de anuncios apagó la tele porque ya no podía soportar a todos esos actores diciéndole lo que sería su vida si les hacía caso. Dos pisos más abajo estaba el hombre que la proclamó. El infame cenó salmón ahumado y un tomate partido en cuatro. Nada de postre. Después fue al salón. Encendió la tele. Repasó la oferta de películas por cable. Quiso ver una de ladrones de joyas. Quiso ver una de Antonioni. Acabó presionando ok sobre la carátula de El sueño eterno. Lauren Bacall parecía haber cenado piña también, con las piernas dobladas sobre un sofá tipo imperio tapizado en crema. Había algo en sus ojos que le recordó a los de la mujer del bikini azul: la posibilidad de contener la espuma de todos los océanos conocidos sin derramar nada. Pensó en esas mujeres de hace dos siglos que aprendían a caminar rectas con libros en la cabeza. Pensó en la logística femenina de la tristeza, en su equilibrio, en lo diferente que resulta a la de los hombres, tan escondida que cuesta luego años ablandarla a base de alcohol, el que un sádico echaría por la boca de un hormiguero cuando no le viera nadie. Dieron las once. El mismo dedo del ok dijo basta. Lauren Bacall desapareció sin decir nada. Con la pantalla en negro pensó que el mundo es una broma digital que había desbancado a la memoria, igual que los trenes de alta velocidad enterraron a los otros que ahora dormían en vías muertas invadidas de maleza, lienzo de grafiteros o nido de aves valientes que aceptan ese montón de hierros como casa. La mujer del bikini azul oscuro se miraba la cara en ese momento en el espejo redondo del baño. Cogió un tubo dorado. Esparció crema en círculos a dos centímetros al sur del ojo izquierdo. Luego en el otro. Dejó la corona en la mesilla junto al móvil cargándose. La luz de la pantalla iluminó la baratija durante diez segundos, lo suficiente para demostrar que no valía nada.