21/8/15

Me he enganchado con bastante retraso a True Detective: estética impecable, narración con buena poesía detrás y dos protagonistas que saben lo que hacen. Aunque confieso que me importa un pito quién mató a la chica de la cornamenta que encontraron en el bosque. Siempre me ha sorprendido que a la gente le guste el género negro por el morbo de saber quién apretó el gatillo. Trata al espectador como a un niño: si te portas bien y te quedas hasta el final te diré quién es el asesino. Maldito suspense. Pero ellos lo saben desde el principio. Juro que no lo entiendo. Será que mi aversión a las tramas empieza a ser enfermiza y no soporto que nadie se empeñe en entretenerme. Me conformo (y ya es mucho) con que me guste lo que me cuentan y cómo me lo cuentan. Una de mis películas favoritas es El sueño eterno. La habré visto más de veinte veces. A los cinco minutos me pierdo con el lío de los nombres y con lo que tiene que hacer o dejar de hacer Marlowe para resolver el caso. Me quedo con la escena del invernadero en la que el detective toma coñac con el general de la silla de ruedas. Se nota la mano de Faulkner en cada gota de sudor. Lo interesante de estas películas es todo lo demás: el camino, las desgracias, las debilidades, el alcohol, la soledad, las mentiras, la búsqueda de un ideal romántico que roza el paroxismo y rebota en todos los cuerpos que el protagonista encuentra a su paso sin encajar en ninguno. Y no las migas de pan que tiran para que sigamos avanzando.